Me apetece explicar mi cita con Magda aquel viernes porque, de algún modo, resulta doloroso pero también más sencillo, abrir los ojos para ver y entender desde fuera cuál es el comportamiento, entendiblemente normal y el que se asume como el continuo pero decididamente, anómalo. Son el caso; Magda y Laura, respectivamente. A parte, creo no equivocarme si digo que ésa fue la primera vez que me reprochó todo aquéllo que quizá venía callando sin que yo me percatara y que escondía forzosamente para no originar conflicto entre los dos.
Hacía mucho calor aquella tarde. No me había resultado difícil allanar el terreno porque Julia decidió por sí misma que quería pasar el fin de semana con mi madre, que vive en Mollet y los hijos de Magda tenían régimen de visitas con su padre. Apenas probamos bocado y luego nos tomamos un helado. Paseamos por el puerto porque la tarde nos invitaba a ello y hacia las ocho, fuimos para su casa. Como ella vive en la ciudad, no suele llevarse el coche: acostumbra a moverse con los medios de transporte públicos, así que de nuevo cogimos mi auto.
-Esta humedad me va a matar- comenté mientras conducía por un gran paseo, secándome el sudor con un bonito kleenex adornado de elefantes y perfumado a lavanda.
-No te preocupes; en casa nos refrescaremos con el aire acondicionado.
-Buen invento.
-Buen consumo.
Sonreí con la mirada al frente.
-Ya me pasarás la factura; el castigo por llevar el aire estropeado, en mi auto- me pegó un toque en el brazo con la mano y giró los ojos moviendo negativamente la cabeza.
-Qué tontorrón eres…- la miré con mi amplia sonrisa en los labios y le pasé el brazo por encima de los hombros.
Llegamos a su piso. Naturalmente, lo conocía de otras veces. Se trataba de un pequeño pero acogedor y cuidado ático de unos cincuenta y cinco metros cuadrados; con una terracita llena de flores: nada que ver con mi gran casa por lo que, la primera vez que entré, me sentí avergonzado; tanta suntuosidad en mi mundo de élite y tanta austeridad a mi alrededor.
Los muebles eran escasos y modernos. Tenía sólo dos habitaciones; la de los niños, llena de cuadros infantiles, de juguetes y de estanterías plagadas de monigotes de todo tipo. Dormían en un tren, para ahorrar espacio. Sus hijos tienen siete y nueve años. Recuerdo perfectamente sus embarazos; con aquella barriga abultada con la que casi no podía ni caminar a última hora. Durante las bajas la encontré a faltar sobremanera aunque las chicas suplentes eran muy aplicadas y voluntariosas. No me daba cuenta: pero añoraba su persona.
Su dormitorio tampoco era muy amplio pero sí algo más que el de los críos y tenía una puerta que asomaba al balcón y dejaba ver unos geranios rojos en el suelo mientras otro azulado descansaba sobre la repisa de la ventana y entre una y otra, ofrecían una claridad grata a la estancia; lo mismo que el ventanal del comedor. Allí se respiraban buenas vibraciones; se notaba que flotaba la ternura a diario… y también la soledad.
La cocina era de barra americana y el aseo, diminuto, se encontraba en el corto corredor de la entrada. Todo olía a ambientador de pino y uno se sentía cómodo.
Dada nuestra confianza, nada más entrar me senté en el sofá de tela amarilla cubierta por una funda del mismo tono. Me saqué los zapatos y descansé las piernas sobre la parte inferior, preparada para estirarse. Antes, como por costumbre, enchufé la tele. En aquel momento comenzaban las noticias destacando la gran batalla entre Suníes y Chiitas: más muertes gratuitas y estúpidas añadidas a una guerra reciente y todavía manando sangre de su herida.
-Qué bárbaros son: parece que no han aprendido nada con todo lo que han sufrido. Pierden el tiempo matándose entre ellos y, mientras, el gobierno de EEUU frotándose las manos a sus espaldas.
-La religión es así, Magda. ¿Qué mueve al mundo, sino?
-El dinero…
-Claro: el dinero y la religión: son como hermanos siameses. A lo largo de la historia la mayor parte de los crímenes perpetrados han tenido su origen en la discrepancia al culto.
-Sea como sea, es triste. Mueren adultos y niños.
-Desde luego. La falta de cultura es un factor importante y se le añade la irracionalidad.
-Bueno… creo que a nivel mundial no se salva nadie. Ni la sabiduría de los países más elevados, evita las catástrofes humanas.
-Son demasiados los intereses que irrumpen en la resolución más adecuada. De ahí la riqueza y la pobreza. Años atrás, los propios americanos apoyaron a Sadam Hussein cuando los rusos colaboraban con Irán ¿por qué? La URS era la segunda potencia más importante y peor enemiga de los yanquis; en cambio, a partir del momento en que se puso en juego el punto fuerte que era la economía: con los pozos de petróleo kuwaitíes y tal, ellos mismos se volvieron en contra del dictador. Y al final, han conseguido derrotarlo y que la salvaje justicia de su país vaya a juzgarlo y, posiblemente a condenarlo a muerte por todos sus crímenes de los que no es el único culpable.
-Sí… qué lástima ¿verdad?
-Ya, pero es una realidad.
Se fue a su habitación y al cabo de pocos minutos apareció vestida con una graciosa prenda blanca, casi transparente y de tirantes que, más me pareció un salto de cama que un camisón.
-Te sienta divinamente…
-Gracias. Lo estreno hoy.
-¿Por mí?
-No, qué va… por mi vecino de enfrente…
-¿Qué vecino?- hice el cómico gesto de levantarme apresuradamente para dirigirme a la puerta de la calle, como si de verdad creyera en tal personaje. Ella se rió.
-Eres un payaso.
-Si te hago sonreír, no me importa lo más mínimo.
-También me haces llorar- se quedó seria y me miró con los ojos vacíos.
-Pues no es mi intención, créeme- no supe qué cara poner.
Ella cambió de expresión con suma rapidez.
-Venga… voy a preparar una buena ensalada de pasta y después te pondré a dieta con un poco de rape a la plancha y mi especial salsa verde.
-¿A dieta? ¿insinúas que me sobran quilos?
-Hombres!- miró hacia el techo y dejó ir un soplido- No te sobran quilos pero, podría decirse que las preocupaciones anidan en tu panza.
-Ésto es la curva de la felicidad, no te confundas- me acaricié la barriga tal y como haría una mujer encinta. Y pensé por inercia “menuda felicidad”.
-¿Por qué todos los hombres decís lo mismo? En teoría es a nosotras a las que nos cuesta aceptar la triste realidad.
-Algunos paleolíticos también cuidamos de nuestra estética.
Dejó ir una carcajada que llenó la vivienda:
-Resulta que eres un paleolítico… pues tienes ciertos toques de distinción que te hacen especial.
-Dispara…
Negó con la cabeza:
-Me los guardo para mí solita.
-Magda, no me hagas ésto; quiero saber cuáles son mis atributos más admirados por una dama como tú para regodearme de ellos ante tí.
-Pues, sufre porque no voy a recitártelos…vaya, tampoco creas que son tantos, eh!- adoptó una sonrisa pícara. La miré embobado. Se dirigió hasta la barra y empezó a trajinar con cacerolas y armarios.
-Pues una de tus muchas virtudes que no pasa desapercibida, es esa belleza tan “extraña” que me somete.
-¿Extraña? ¿y éso por qué?- se me quedó mirando de nuevo mientras llenaba una olla con agua caliente.
-Pues porque la tuya es una lindeza atípica. Tienes unos rasgos que te caracterizan inusualmente.
-Bueno… me lo tomaré como un cumplido.
-Nada de cumplidos, amor. Es así.
-Éso se lo dirás a todas.
-No… es que mis otras amantes son más vulgares…
Me volvió a mirar ruborizada. Cenamos perfectamente; si bien la cena era de lo más simple, tenía buen arte para cocinar. Tomamos un chupito de wisky y vimos una película de vídeo que dejamos a medias porque nuestro deseo era demasiado fuerte para no obedecerlo. Como varias otras veces, hicimos el amor: antes, mis dedos asomaron por su sexo que clamaba mi esmero y mi lengua lamió sus pezones endurecidos y poco a poco se fue deslizando hacia sus partes que fue estimulando hasta que noté como su estómago se agitaba en cortas pero seguidas convulsiones.
Después, nos quedamos estirados en la cama; yo, boca arriba con la almohada doblada bajo la cabeza y Magda con la sábana cubriéndola hasta la cadera, reposaba sobre mi pecho haciendo pequeños círculos con el dedo índice en mi piel poco poblada de bello. Yo le acariciaba el hombro, suavemente. Empezó a besarme. De pronto sonó mi móvil. Pensé que sería Julia pero al mirar el reloj en la mesilla de noche, comprobar que ya eran casi las doce y teniendo en cuenta que ya habíamos hablado por la tarde, supe que era Laura. Sin moverme, estiré el brazo y cogí el teléfono; efectivamente. Magda se incorporó e hizo ver que buscaba algo en la mesita de al lado mientras yo empezaba a hablar.
dijous, 15 de setembre del 2011
dissabte, 10 de setembre del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Con lentitud, me arrodillé sobre la cama y a gatas me aproximé a mi esposa. Una vez colocado encima de ella, empezó a desabotonarme la camisa; volvía a suspirar y me besaba el cuello. Con una voz suplicante me pidió que la acariciara con mis manos de cirujano: así lo hice; le levanté la ropa, se la saqué suavemente y llené mis medianas manos con sus senos que se mostraban blandos y suaves.
-Dime que me quieres…
-Te quiero, cariño…- no pude reparar en si se lo decía de corazón o sólo porque me lo pedía en ese instante.
-Oh, Jorge… te deseo tanto… sigues siendo tan atractivo- no respondí ya que sus labios me besaron y preferí no atender demasiado a sus palabras.
La desnudé del todo y entonces ella se incorporó e hizo que me estirara en su lugar de manera que volvió a sentarse sobre mis partes que casi estallaban. Como la define su carácter, también le gusta llevar la iniciativa y ser la parte dominante en nuestras pocas escenas más apasionadas. A menudo me he preguntado si con su amigo el Dr. Peralta y otros, actuará de la misma forma, aunque procuro distraer la idea ya que, paradójicamente a todo, me carcomen los celos.
Me bajó la cremallera del pantalón y esta vez fue ella la que me quitó la ropa.
Hicimos el amor y yo cedí a todo lo que quiso. No hubiera podido negarme: tampoco pretendía aventurarme a descubrir qué sucedía si no era absolutamente receptivo. Tenía demasiada experiencia acumulada a la espalda como para ponerme a jugar con fuego.
La botella de vino blanco, quedó en el refrigerador…
Aquel fin de semana es digno de ser descrito como “de ensueño”. Laura se mostró totalmente serena y próxima; no tuvimos ninguna discusión ni ella presentó brote alguno de histerismo. Llegué a preguntarme si habría iniciado algún tipo de terapia sin yo saberlo. A Julia se la veía feliz de observar la armonía entre sus padres y yo me sentía un hombre afortunado: deseaba con todas mis fuerzas que aquello no terminara. Todo se desenvolvía como en cualquier hogar alumbrado por el cariño. No obstante, por décimas de segundo, se me despertaba en la cabeza un pequeño dispositivo que gritaba: “no durará, no durará”. Cuando te encuentras metido en un sin vivir como el mío, la única cosa que de verdad importa es aprovechar el hoy sin mirar hacia el mañana: éso hice.
Pasamos el sábado vagando por Camprodón, admirando sus estrechas calles y sus hermosas y cuidadas fachadas. Caminamos bordeando el río, aspirando el perfume de las flores cercanas y escuchando el murmullo del agua. Y el domingo por la tarde, antes de volver a Matadepera y a nuestras ineludibles obligaciones, nos pasamos por casa de unos viejos amigos con los que casi me atrevería a decir, pactamos el ser vecinos antes de enfrascarnos en una segunda residencia. Fue maravilloso mientras duró.
Por más que suene rocambolesco, lo cierto es que con Laura, sentirse como “el hombre” es un lujo del que no puedo disfrutar a menudo. Para ella ni tan siquiera soy persona; no me concibe como su compañero sentimental y aliado, sino como un objeto al que golpea cuando le viene en gana, desatando sus infortunios y penalidades: como el saco con el que un boxeador entrena para, después, ganar el combate.
Así pues, inicié muy bien la semana y pareció que me hubieran puesto una inyección de adrenalina. Luego, lo que no imaginaba es que aquel mismo viernes tendría que ver llorar a Magda por mi culpa y por mi falta de atención. Se dice que no puede tenerse todo en esta vida; qué tristemente acertado.
Laura se fue el jueves de madrugada para coger el avión dirección a Madrid y yo, más tarde me dirigí al hospital, en cierto modo apenado por su marcha y por otro lado, contento de saberme libre. Se lo comuniqué a Magda el lunes a primera hora de la mañana para que supiera de mi interés. Al principio se mostró algo remisa a hablarme y a mirarme pero con su naturaleza vivaz, poco le duró la apatía. Se solventó fácilmente con unas cuantas de mis bromas recurrentes desmereciendo mi propia inteligencia y capacidades, delante de todos. La verdad es que tengo gracia para la mofa; especialmente de mí mismo y la gente acostumbra a reírse con gusto; éso es sano. Al menos para los demás, resulta beneficioso.
Pero a quien de veras quería ver sonreír era a Magda y me sentí bien al conseguir mi meta. No le pasó desapercibido, ni mucho menos, que había emprendido la semana con buen humor.
-Veo que el fin de semana te ha sentado estupendamente.
-Bueno, no gran cosa… básicamente, tranquilidad. Mucha caminata y aire renovador.
-¿Solo o en compañía?- la observé de reojo: ella no me miraba. Estábamos en la sala de reuniones para discutir y decidir con otros médicos y enfermeras, entre otros asuntos, cómo resolver el caso de una chica a la que no sabíamos si poner un marcapasos o un DAI ( desfibrilador automático implantable ) porque presentaba un cuadro algo confuso. Estaba sentado en mi silla, recogiendo un montón de papeles que, dada mi torpeza habitual, se me habían esparcido por encima de la mesa justo al sentarme. Ella me ayudaba, de pie a mi lado.
-Solo- mentí. Era la respuesta que ella estaba esperando- ¿Y a tí qué tal te ha ido el fin de semana?.
-Bien: lo he pasado con mis padres y los niños en St. Pol. Disfrutan de lo lindo, allí.
-Todos los críos adoran la playa.
-Sí… ya… pero ellos lo pasan bien porque con sus abuelos hacen lo que les place sin recibir las reprimendas de mamá- me miró con su acostumbrada calidez.
-Aahh… claro- levanté el mentón exageradamente. Fue entonces cuando le comenté que Laura se iba aquella semana.
-¿Sí? ¿y cómo es éso?
-Se va a Madrid y no vuelve hasta el sábado.
-Es posible que tenga ganas de verte pero he de mirar mi agenda- me guiñó el ojo. Tenía todos los folios en orden. Se sentó a mi lado y el Dr. Bartolomeu, que se paseaba por el hospital de tanto en tanto y que, aunque jubilado, todavía tenía gran influencia, inició la reunión.
-Dime que me quieres…
-Te quiero, cariño…- no pude reparar en si se lo decía de corazón o sólo porque me lo pedía en ese instante.
-Oh, Jorge… te deseo tanto… sigues siendo tan atractivo- no respondí ya que sus labios me besaron y preferí no atender demasiado a sus palabras.
La desnudé del todo y entonces ella se incorporó e hizo que me estirara en su lugar de manera que volvió a sentarse sobre mis partes que casi estallaban. Como la define su carácter, también le gusta llevar la iniciativa y ser la parte dominante en nuestras pocas escenas más apasionadas. A menudo me he preguntado si con su amigo el Dr. Peralta y otros, actuará de la misma forma, aunque procuro distraer la idea ya que, paradójicamente a todo, me carcomen los celos.
Me bajó la cremallera del pantalón y esta vez fue ella la que me quitó la ropa.
Hicimos el amor y yo cedí a todo lo que quiso. No hubiera podido negarme: tampoco pretendía aventurarme a descubrir qué sucedía si no era absolutamente receptivo. Tenía demasiada experiencia acumulada a la espalda como para ponerme a jugar con fuego.
La botella de vino blanco, quedó en el refrigerador…
Aquel fin de semana es digno de ser descrito como “de ensueño”. Laura se mostró totalmente serena y próxima; no tuvimos ninguna discusión ni ella presentó brote alguno de histerismo. Llegué a preguntarme si habría iniciado algún tipo de terapia sin yo saberlo. A Julia se la veía feliz de observar la armonía entre sus padres y yo me sentía un hombre afortunado: deseaba con todas mis fuerzas que aquello no terminara. Todo se desenvolvía como en cualquier hogar alumbrado por el cariño. No obstante, por décimas de segundo, se me despertaba en la cabeza un pequeño dispositivo que gritaba: “no durará, no durará”. Cuando te encuentras metido en un sin vivir como el mío, la única cosa que de verdad importa es aprovechar el hoy sin mirar hacia el mañana: éso hice.
Pasamos el sábado vagando por Camprodón, admirando sus estrechas calles y sus hermosas y cuidadas fachadas. Caminamos bordeando el río, aspirando el perfume de las flores cercanas y escuchando el murmullo del agua. Y el domingo por la tarde, antes de volver a Matadepera y a nuestras ineludibles obligaciones, nos pasamos por casa de unos viejos amigos con los que casi me atrevería a decir, pactamos el ser vecinos antes de enfrascarnos en una segunda residencia. Fue maravilloso mientras duró.
Por más que suene rocambolesco, lo cierto es que con Laura, sentirse como “el hombre” es un lujo del que no puedo disfrutar a menudo. Para ella ni tan siquiera soy persona; no me concibe como su compañero sentimental y aliado, sino como un objeto al que golpea cuando le viene en gana, desatando sus infortunios y penalidades: como el saco con el que un boxeador entrena para, después, ganar el combate.
Así pues, inicié muy bien la semana y pareció que me hubieran puesto una inyección de adrenalina. Luego, lo que no imaginaba es que aquel mismo viernes tendría que ver llorar a Magda por mi culpa y por mi falta de atención. Se dice que no puede tenerse todo en esta vida; qué tristemente acertado.
Laura se fue el jueves de madrugada para coger el avión dirección a Madrid y yo, más tarde me dirigí al hospital, en cierto modo apenado por su marcha y por otro lado, contento de saberme libre. Se lo comuniqué a Magda el lunes a primera hora de la mañana para que supiera de mi interés. Al principio se mostró algo remisa a hablarme y a mirarme pero con su naturaleza vivaz, poco le duró la apatía. Se solventó fácilmente con unas cuantas de mis bromas recurrentes desmereciendo mi propia inteligencia y capacidades, delante de todos. La verdad es que tengo gracia para la mofa; especialmente de mí mismo y la gente acostumbra a reírse con gusto; éso es sano. Al menos para los demás, resulta beneficioso.
Pero a quien de veras quería ver sonreír era a Magda y me sentí bien al conseguir mi meta. No le pasó desapercibido, ni mucho menos, que había emprendido la semana con buen humor.
-Veo que el fin de semana te ha sentado estupendamente.
-Bueno, no gran cosa… básicamente, tranquilidad. Mucha caminata y aire renovador.
-¿Solo o en compañía?- la observé de reojo: ella no me miraba. Estábamos en la sala de reuniones para discutir y decidir con otros médicos y enfermeras, entre otros asuntos, cómo resolver el caso de una chica a la que no sabíamos si poner un marcapasos o un DAI ( desfibrilador automático implantable ) porque presentaba un cuadro algo confuso. Estaba sentado en mi silla, recogiendo un montón de papeles que, dada mi torpeza habitual, se me habían esparcido por encima de la mesa justo al sentarme. Ella me ayudaba, de pie a mi lado.
-Solo- mentí. Era la respuesta que ella estaba esperando- ¿Y a tí qué tal te ha ido el fin de semana?.
-Bien: lo he pasado con mis padres y los niños en St. Pol. Disfrutan de lo lindo, allí.
-Todos los críos adoran la playa.
-Sí… ya… pero ellos lo pasan bien porque con sus abuelos hacen lo que les place sin recibir las reprimendas de mamá- me miró con su acostumbrada calidez.
-Aahh… claro- levanté el mentón exageradamente. Fue entonces cuando le comenté que Laura se iba aquella semana.
-¿Sí? ¿y cómo es éso?
-Se va a Madrid y no vuelve hasta el sábado.
-Es posible que tenga ganas de verte pero he de mirar mi agenda- me guiñó el ojo. Tenía todos los folios en orden. Se sentó a mi lado y el Dr. Bartolomeu, que se paseaba por el hospital de tanto en tanto y que, aunque jubilado, todavía tenía gran influencia, inició la reunión.
diumenge, 4 de setembre del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Se mostró extrañamente amable y cordial conmigo. Sólo me cabía imaginar que el día le había resultado agradable, yo había aparecido en su pensamiento y, por el motivo que fuese, necesitaba estar a mi lado. No hablamos demasiado pero por poco que lo hicimos fue ella la que me estuvo explicando su deambular por psiquiatría aquella mañana y también me comunicó que a la semana siguiente tenía un congreso en Madrid: que iría el jueves y volvería el sábado hacia el mediodía. Me alegré y de nuevo pensé en Magda a la que podría compensar, después de todo. Teniendo en cuenta que pasamos la mayor parte de los días de la semana juntos como si estuviéramos pegados a fuego, la realidad es que eran pocas las ocasiones en las que nos veíamos extraordinariamente y siempre estábamos deseosos de comernos a besos. Cuando podíamos, nos metíamos en mi despacho con el pretexto de comentar algún caso o informe y aprovechábamos para acariciarnos, no sin cierto temor a ser sorprendidos. En otras ocasiones, cuando terminábamos una última intervención, ella se entretenía más que los demás en recoger o hablando amigablemente con el paciente, todavía asustado, mientras yo me quedaba a charlar en la sala. Al irse todos, Magda entraba y yo la miraba fijamente; se me acercaba, la cogía por la cintura y me dejaba llevar con cuidado.
Cuando terminamos de comer Laura y yo, sin encontrarnos con nadie, puesto que los viernes el local está poco solicitado, nos dirigimos al parking del hospital y cogimos nuestros respectivos coches. Prefería seguirme durante el viaje de ida por las mañanas y, por supuesto, igualmente me siguió en nuestra marcha de vuelta. Convenimos que yo recogería a la niña en tanto que ella ordenaba cuatro cosas en casa antes de partir hacia Camprodón.
Pese a todo, me gustaba la idea de pasar el fin de semana en la paz de la montaña gerundense. Hace algunos largos años que compramos la torre. Una vez, estando Laura embarazada, pasamos tres o cuatro días hospedados en este bonito pueblo y nos cautivó de modo que, tiempo después estuvimos tanteando la posibilidad de hacernos con una propiedad y así fue. Es positivo para todos: para nuestra hija porque tiene un grupo de amistades con las que se lo pasa en grande y para Laura y para mí porque respiramos aire fresco que, aún así, no me exime de las confrontaciones que igualmente se producen.
Llegamos hacia las diez de la noche; aunque el calor en la ciudad empezaba a dar señales de un verano crudo, allí nos encontrábamos a una buena temperatura. Preparamos una apetitosa cena y, casi de inmediato, Julia salió en busca de los suyos. En Matadepera tiene cierta libertad de movimiento pero ella es perfectamente consciente de que debe cumplir con una disciplina si sabe lo que le conviene; sin embargo en Camprodón, casi puede decirse que no tiene franja horaria aunque es bastante responsable y nunca la hemos tenido que poner sobre aviso.
Entre Laura y yo recogimos la mesa y mientras ella llenaba el lavavajillas, aproveché para subir al estudio, que es mi refugio más preciado, donde paso largas horas meditando, corrigiendo artículos, preparando mis trabajos, leyendo o escuchando música en el equipo. Estuve allí hasta la una de la madrugada y entonces oí los pasos de Laura sobre las escaleras de madera. Apareció por la pequeña puertecilla contra la que, dada mi gran estatura y por contra, su baja altura, me había pegado varios golpes en la cabeza al entrar y al salir; sobretodo cuando todavía no conocía demasiado la estancia.
Llevaba puesto un camisón de seda, lila; entallado, muy escotado y corto que dejaba ver sus largas piernas. Tenía el cabello suelto a la altura de los hombros y destellaba bajo la cálida luz artificial de la sala.
Me miró y sus ojos se habían teñido de un color violeta al reflejo de la tela. Bajo ésta se insinuaban sus pechos y destacaban los pezones que levantaban un poco la prenda. Era toda una hermosura y ella lo sabía. Se me acercó a paso lento, arrastrando sus pies desnudos. Hasta ese momento yo había estado pensando en Magda una vez más pero la visión de Laura frente a mí, desvió mi mente de sus persona, automáticamente; era evidente que mi mujer tenía poderes hipnóticos sobre mi ser que nadie más alcanzaría a poseer. Cuando estuvo tan cerca que sus rodillas me rozaron, abrió las piernas y se me sentó encima a horcajadas; pude verle las bragas a conjunto con el camisón y la imagen me puso nervioso de golpe. Me pasó los brazos alrededor del cuello y empezó a acariciarme la nuca, subiendo los dedos por mi cabello. Me susurró al oído:
-¿No vienes a la cama?
En mi estado catatónico sólo se me ocurrió preguntar si Julia había llegado ya.
-Nooo…- sonrió- parece mentira que no la conozcas; no aparecerá por casa hasta las cuatro de la madrugada. Carlos está en el pueblo…- es un chico de la edad de Julia; se llevan algo más que bien. Es un buen muchacho. Sus padres también tienen una torre cercana a la nuestra; los dos son abogados criminalistas y el chaval disfruta narrando los casos más escabrosos con los que se han encontrado a lo largo de su profesión y, ya de paso, se convierte en el centro de atención; sobretodo para mi hija. Me cae bien pero, sinceramente y bajo mi egoísmo paternal, me satisface que no viva en Matadepera. La idea de que Julia tenga novio a sus dieciséis años no me tienta demasiado aunque por descontado, yo quedaré al margen cuando ella se decida a dar el paso; y, francamente, mi poca picardía no me permite deducir que a lo mejor, mi niña ya no es tan cría… mas intuyo que todavía es muy frágil- Podemos coger una botella de vino blanco, acostarnos y… bueno… ya veremos qué sucede después ¿no te parece?.
Sentía su dulce aliento sobre la frente y bajo mi barbilla temblaban sus senos mientras hablaba murmurando. Mis manos se movieron solas por arte de magia y empecé a acariciarle la espalda con una en tanto que la otra se deslizaba por su cintura hacia los glúteos que tenía sobre mis piernas. Escuché un leve gemido salir de sus labios y mis partes bajas reaccionaron de inmediato.
Se levantó y me estiró del brazo ligeramente y, tal y como si yo no tuviera voluntad ( que, verdaderamente no la tenía ), me llevó, guiándome por las escaleras, hasta la primera planta y llegando a nuestra habitación, forrada de madera clara. Se dejó caer en la gran cama y la fina camisola le subió hasta la parte superior de los muslos. Separó, casi imperceptiblemente las piernas en un gesto que interpreté provocativo mientras dejaba un brazo estirado junto a su cuerpo y levantaba el otro para dejarlo medio doblado reposando la cabeza sobre la palma de su mano. Respiraba con fuerza, de modo que ahora sus pechos subían y bajaban con cierta furia… con el dedo índice de la mano que reposaba encima del lecho, me hizo una seña para que me acercara a ella. Yo, vestía unos finos pantalones de lino y se me abultaba notablemente el pene que pugnaba por encontrar su hueco. A estas alturas, tal y como ya he dicho, no acostumbro a sentirme demasiado estimulado para practicar el sexo con Laura pero aquella noche era tan sublime su belleza; esa mirada penetrante, los labios húmedos, su piel tan fina… que mi cuerpo actuó por cuenta propia sin preguntarme si quiera.
Cuando terminamos de comer Laura y yo, sin encontrarnos con nadie, puesto que los viernes el local está poco solicitado, nos dirigimos al parking del hospital y cogimos nuestros respectivos coches. Prefería seguirme durante el viaje de ida por las mañanas y, por supuesto, igualmente me siguió en nuestra marcha de vuelta. Convenimos que yo recogería a la niña en tanto que ella ordenaba cuatro cosas en casa antes de partir hacia Camprodón.
Pese a todo, me gustaba la idea de pasar el fin de semana en la paz de la montaña gerundense. Hace algunos largos años que compramos la torre. Una vez, estando Laura embarazada, pasamos tres o cuatro días hospedados en este bonito pueblo y nos cautivó de modo que, tiempo después estuvimos tanteando la posibilidad de hacernos con una propiedad y así fue. Es positivo para todos: para nuestra hija porque tiene un grupo de amistades con las que se lo pasa en grande y para Laura y para mí porque respiramos aire fresco que, aún así, no me exime de las confrontaciones que igualmente se producen.
Llegamos hacia las diez de la noche; aunque el calor en la ciudad empezaba a dar señales de un verano crudo, allí nos encontrábamos a una buena temperatura. Preparamos una apetitosa cena y, casi de inmediato, Julia salió en busca de los suyos. En Matadepera tiene cierta libertad de movimiento pero ella es perfectamente consciente de que debe cumplir con una disciplina si sabe lo que le conviene; sin embargo en Camprodón, casi puede decirse que no tiene franja horaria aunque es bastante responsable y nunca la hemos tenido que poner sobre aviso.
Entre Laura y yo recogimos la mesa y mientras ella llenaba el lavavajillas, aproveché para subir al estudio, que es mi refugio más preciado, donde paso largas horas meditando, corrigiendo artículos, preparando mis trabajos, leyendo o escuchando música en el equipo. Estuve allí hasta la una de la madrugada y entonces oí los pasos de Laura sobre las escaleras de madera. Apareció por la pequeña puertecilla contra la que, dada mi gran estatura y por contra, su baja altura, me había pegado varios golpes en la cabeza al entrar y al salir; sobretodo cuando todavía no conocía demasiado la estancia.
Llevaba puesto un camisón de seda, lila; entallado, muy escotado y corto que dejaba ver sus largas piernas. Tenía el cabello suelto a la altura de los hombros y destellaba bajo la cálida luz artificial de la sala.
Me miró y sus ojos se habían teñido de un color violeta al reflejo de la tela. Bajo ésta se insinuaban sus pechos y destacaban los pezones que levantaban un poco la prenda. Era toda una hermosura y ella lo sabía. Se me acercó a paso lento, arrastrando sus pies desnudos. Hasta ese momento yo había estado pensando en Magda una vez más pero la visión de Laura frente a mí, desvió mi mente de sus persona, automáticamente; era evidente que mi mujer tenía poderes hipnóticos sobre mi ser que nadie más alcanzaría a poseer. Cuando estuvo tan cerca que sus rodillas me rozaron, abrió las piernas y se me sentó encima a horcajadas; pude verle las bragas a conjunto con el camisón y la imagen me puso nervioso de golpe. Me pasó los brazos alrededor del cuello y empezó a acariciarme la nuca, subiendo los dedos por mi cabello. Me susurró al oído:
-¿No vienes a la cama?
En mi estado catatónico sólo se me ocurrió preguntar si Julia había llegado ya.
-Nooo…- sonrió- parece mentira que no la conozcas; no aparecerá por casa hasta las cuatro de la madrugada. Carlos está en el pueblo…- es un chico de la edad de Julia; se llevan algo más que bien. Es un buen muchacho. Sus padres también tienen una torre cercana a la nuestra; los dos son abogados criminalistas y el chaval disfruta narrando los casos más escabrosos con los que se han encontrado a lo largo de su profesión y, ya de paso, se convierte en el centro de atención; sobretodo para mi hija. Me cae bien pero, sinceramente y bajo mi egoísmo paternal, me satisface que no viva en Matadepera. La idea de que Julia tenga novio a sus dieciséis años no me tienta demasiado aunque por descontado, yo quedaré al margen cuando ella se decida a dar el paso; y, francamente, mi poca picardía no me permite deducir que a lo mejor, mi niña ya no es tan cría… mas intuyo que todavía es muy frágil- Podemos coger una botella de vino blanco, acostarnos y… bueno… ya veremos qué sucede después ¿no te parece?.
Sentía su dulce aliento sobre la frente y bajo mi barbilla temblaban sus senos mientras hablaba murmurando. Mis manos se movieron solas por arte de magia y empecé a acariciarle la espalda con una en tanto que la otra se deslizaba por su cintura hacia los glúteos que tenía sobre mis piernas. Escuché un leve gemido salir de sus labios y mis partes bajas reaccionaron de inmediato.
Se levantó y me estiró del brazo ligeramente y, tal y como si yo no tuviera voluntad ( que, verdaderamente no la tenía ), me llevó, guiándome por las escaleras, hasta la primera planta y llegando a nuestra habitación, forrada de madera clara. Se dejó caer en la gran cama y la fina camisola le subió hasta la parte superior de los muslos. Separó, casi imperceptiblemente las piernas en un gesto que interpreté provocativo mientras dejaba un brazo estirado junto a su cuerpo y levantaba el otro para dejarlo medio doblado reposando la cabeza sobre la palma de su mano. Respiraba con fuerza, de modo que ahora sus pechos subían y bajaban con cierta furia… con el dedo índice de la mano que reposaba encima del lecho, me hizo una seña para que me acercara a ella. Yo, vestía unos finos pantalones de lino y se me abultaba notablemente el pene que pugnaba por encontrar su hueco. A estas alturas, tal y como ya he dicho, no acostumbro a sentirme demasiado estimulado para practicar el sexo con Laura pero aquella noche era tan sublime su belleza; esa mirada penetrante, los labios húmedos, su piel tan fina… que mi cuerpo actuó por cuenta propia sin preguntarme si quiera.
dilluns, 22 d’agost del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Aunque desgraciadamente en la balanza de mi vida junto a Laura pese más lo malo que lo bueno, de igual forma hemos tenido algunos ratos agradables. Cuando está de buenas puede llegar a ser la mujer más dulce que haya conocido jamás y entonces me embriago de esa ternura y, por corto espacio, me invade una amnesia celestial.
En cuanto se refiere a nuestros actos íntimos, no resulta difícil llegar a imaginar que son casi inexistentes pero aún así, todavía disfrutamos de alguno que otro.
Hace unos meses, me sorprendió apareciendo por la planta de cardiología. Estaba en el departamento de post que es donde habitualmente trabajo, cuando al salir de mi oficina, algo acelerado porque me habían llamado de marcapasos para que echara un vistazo al registro del reveal ( que es como un holter de unos diez centímetros de largo que se implanta temporalmente de forma subcutánea para poder controlar cualquier tipo de alteración ) de un joven al que venía tratando desde hacía una larga temporada y que sufría fuertes episodios de lo que, sospechaba, podían ser taquicardias provocadas por fibrilación ventricular, topé de cara con Laura. Venía sonriendo.
-Te veo atareado.
-Sí; ya sabes que ésto es una locura…- estaba algo estupefacto porque como ya he dicho, las visitas entre nosotros eran realmente extraordinarias y estrictamente obligatorias, en su caso.
-Yo hoy tengo un día tranquilo. Salvo que hemos ingresado a una chica de veintidós años por un ataque de nervios, todo en paz. Figúrate; su novio la dejó ayer por la noche y ella ha intentado suicidarse. Esta mañana la han traído sus padres: qué pena, estaban horrorizados.
-No me extraña… quién no lo estaría- íbamos caminando por el pasillo, pasando por delante de las puertas donde descansaban parte de mis enfermos, la mayoría, gente de más de sesenta años; sólo tenía a una chica de treinta, bien despierta y muerta de aburrimiento en la habitación: la habían subido de urgencias hacía dos días; había entrado con un fuerte dolor en el pecho y aunque yo descartaba cualquier tipo de dolencia cardiaca, preferí dejarla en observación y monitorizada, si bien las camas estaban verdaderamente solicitadas.
-Le he tenido que suministrar tal cantidad de calmantes como para dormir a un caballo- rió como solía hacer de antaño, en nuestra mejor época- Pobre chica; debía de querer mucho a ese joven… tanto como para decidir que su vida no tenía sentido sin él- quedó pensativa.
Salimos al rellano y bajamos por las escaleras hasta el tercer piso. Cuando estás acostumbrado a ir de un lado para otro y a recorrer todo el hospital, llega un punto en el que coger el ascensor se te hace pesado; tardas menos yendo a pie que esperando impacientemente a que suene el timbre del elevador para indicar que ya está aquí; para entonces cuando abre sus puertas no queda de ti más que tu perfume en el ambiente.
Una vez llegados a la tercera planta, nos quedamos uno frente al otro, antes de que yo entrara en el descansillo.
-¿Qué tienes?
-Un chico de treinta y cinco años que lleva un reveal. Parece que esta madrugada ha sufrido un síncope que se ha podido grabar con el mando.
-¿Es grave?
-Uf…- me pasé la mano por mi corto cabello canoso- es un caso complejo; llevamos tiempo tras él y se nos escapa de las manos: en un principio pensamos que podía tratarse de una fibrilación auricular pero no ha respondido favorablemente a las dos ablaciones que le hemos practicado y los episodios de caída repentina, indican que puede tratarse del ventrículo y no de la aurícula como hasta ahora creíamos. Llega a las doscientas sesenta pulsaciones por minuto.
-Dios mío; es una aberrancia…
-Eso imaginamos… este caso me lleva por el camino de la amargura.
-En fin… sólo venía a proponerte que comiéramos juntos. Como es viernes, he pensado que podrías salir antes. Luego pasamos a buscar a Julia, dejamos mi coche en casa y nos vamos para Camprodón- normalmente, los viernes suelo salir del hospital alrededor de las seis. Laura por entonces ya ha finalizado su turno hacia las tres y acostumbra a ser ella la que pasa a buscar a Julia por el instituto. Cuando yo llego a Matadepera sobre las siete y media, las recojo y nos vamos hacia Camprodón. Allí tenemos una torre donde residimos la mayor parte de los fines de semana, tanto en invierno como en verano.
-Claro… sobre las cuatro habré terminado- pensé en Magda; en realidad había quedado con ella. Sabía que no le haría ninguna gracia que anulara la cita.
-De acuerdo; iré adelantando faena para el lunes: a las cuatro y cuarto te espero en la entrada- se me acercó y me besó los labios- Hasta luego, mi amor- siguió bajando las escaleras y yo me quedé plantado como un vegetal, viendo desaparecer su bata blanca e intentando descifrar el misterio de su buen humor.
Enseguida llamé a Magda. Eran las tres menos cuarto de la tarde y, posiblemente ya no nos encontraríamos porque aquel día ella también acababa a las cuatro: entre el largo rato que yo tardara en subir más el que ella pudiera emplear en sus tareas, no coincidiríamos ya que, naturalmente, no querría verme antes de irse.
-Eh! ¿tanto me encuentras a faltar en dos horas que hace que hemos salido del quirófano como para tener que llamarme?- estaba contenta.
-Ya sabes que sí…- hice una pausa, quedando en silencio.
-Bueno… ¿qué quieres?.
-Verás…- volví a pasarme la mano por el cabello; es un gesto inconsciente muy típico en mí que se acentúa cuando estoy nervioso- Laura ha venido a verme: quiere que salgamos a comer ahora a las cuatro para después marcharnos juntos…
-Ya… entiendo- su tono se volvió seco- Tranquilo, no pasa nada. Cambio de planes: saldré con Sandra y con Mireia: antes me han propuesto ir a tomar algo.
Era evidente que estaba enfadada y me sentí mal por romper nuestro encuentro sólo una hora antes y de modo tan poco delicado. Entendía que yo me sintiera atado a mi vida familiar y que debiera cumplir cuando se daba la situación pero sus sentimientos la descubrían y la decepción de aquel momento, lógicamente, se tenía que vislumbrar. En realidad, mi deseo era verla a ella; charlar largo y tendido, compartiendo sonrisas y después algo más, en vez de sentarme frente a Laura, seguirle la corriente y preguntarme cuándo iba a sucederse el cambio.
-¿Todo bien?.
-Sí… perfectamente, doctor. Ya sabes que yo nunca me quedo sola- intentó mostrarse risueña y despreocupada pero la conocía suficiente para saber cómo se sentía.
-Éso está bien… Lo siento, Magda, cariño; acabo de hablar con Laura ahora mismo, sino no te hubiera avisado a última hora.
-Ya te he dicho que no pasa nada, Jorge. Ves tranquilo a comer con tu mujer; ella es lo primero… y que pases un buen fin de semana. Nos veremos el lunes- con éso de “ella es lo primero” delataba su rabia: dicho de un modo aparentemente normal, ni se notaba.
-Cuídate, mi vida. Un beso a tus niños.
-Otro para tí- colgó.
Laura y yo comimos un plato combinado en un bar a dos manzanas del Agora que frecuentan muchos médicos y enfermeras. Sirven con suma rapidez y gran eficacia que es justo lo que nosotros necesitamos por nuestro escueto tiempo libre antes de volver con las pilas recargadas. He ido centenares de veces; solo, con Magda y en compañía de los colegas. Con Laura era la segunda.
En cuanto se refiere a nuestros actos íntimos, no resulta difícil llegar a imaginar que son casi inexistentes pero aún así, todavía disfrutamos de alguno que otro.
Hace unos meses, me sorprendió apareciendo por la planta de cardiología. Estaba en el departamento de post que es donde habitualmente trabajo, cuando al salir de mi oficina, algo acelerado porque me habían llamado de marcapasos para que echara un vistazo al registro del reveal ( que es como un holter de unos diez centímetros de largo que se implanta temporalmente de forma subcutánea para poder controlar cualquier tipo de alteración ) de un joven al que venía tratando desde hacía una larga temporada y que sufría fuertes episodios de lo que, sospechaba, podían ser taquicardias provocadas por fibrilación ventricular, topé de cara con Laura. Venía sonriendo.
-Te veo atareado.
-Sí; ya sabes que ésto es una locura…- estaba algo estupefacto porque como ya he dicho, las visitas entre nosotros eran realmente extraordinarias y estrictamente obligatorias, en su caso.
-Yo hoy tengo un día tranquilo. Salvo que hemos ingresado a una chica de veintidós años por un ataque de nervios, todo en paz. Figúrate; su novio la dejó ayer por la noche y ella ha intentado suicidarse. Esta mañana la han traído sus padres: qué pena, estaban horrorizados.
-No me extraña… quién no lo estaría- íbamos caminando por el pasillo, pasando por delante de las puertas donde descansaban parte de mis enfermos, la mayoría, gente de más de sesenta años; sólo tenía a una chica de treinta, bien despierta y muerta de aburrimiento en la habitación: la habían subido de urgencias hacía dos días; había entrado con un fuerte dolor en el pecho y aunque yo descartaba cualquier tipo de dolencia cardiaca, preferí dejarla en observación y monitorizada, si bien las camas estaban verdaderamente solicitadas.
-Le he tenido que suministrar tal cantidad de calmantes como para dormir a un caballo- rió como solía hacer de antaño, en nuestra mejor época- Pobre chica; debía de querer mucho a ese joven… tanto como para decidir que su vida no tenía sentido sin él- quedó pensativa.
Salimos al rellano y bajamos por las escaleras hasta el tercer piso. Cuando estás acostumbrado a ir de un lado para otro y a recorrer todo el hospital, llega un punto en el que coger el ascensor se te hace pesado; tardas menos yendo a pie que esperando impacientemente a que suene el timbre del elevador para indicar que ya está aquí; para entonces cuando abre sus puertas no queda de ti más que tu perfume en el ambiente.
Una vez llegados a la tercera planta, nos quedamos uno frente al otro, antes de que yo entrara en el descansillo.
-¿Qué tienes?
-Un chico de treinta y cinco años que lleva un reveal. Parece que esta madrugada ha sufrido un síncope que se ha podido grabar con el mando.
-¿Es grave?
-Uf…- me pasé la mano por mi corto cabello canoso- es un caso complejo; llevamos tiempo tras él y se nos escapa de las manos: en un principio pensamos que podía tratarse de una fibrilación auricular pero no ha respondido favorablemente a las dos ablaciones que le hemos practicado y los episodios de caída repentina, indican que puede tratarse del ventrículo y no de la aurícula como hasta ahora creíamos. Llega a las doscientas sesenta pulsaciones por minuto.
-Dios mío; es una aberrancia…
-Eso imaginamos… este caso me lleva por el camino de la amargura.
-En fin… sólo venía a proponerte que comiéramos juntos. Como es viernes, he pensado que podrías salir antes. Luego pasamos a buscar a Julia, dejamos mi coche en casa y nos vamos para Camprodón- normalmente, los viernes suelo salir del hospital alrededor de las seis. Laura por entonces ya ha finalizado su turno hacia las tres y acostumbra a ser ella la que pasa a buscar a Julia por el instituto. Cuando yo llego a Matadepera sobre las siete y media, las recojo y nos vamos hacia Camprodón. Allí tenemos una torre donde residimos la mayor parte de los fines de semana, tanto en invierno como en verano.
-Claro… sobre las cuatro habré terminado- pensé en Magda; en realidad había quedado con ella. Sabía que no le haría ninguna gracia que anulara la cita.
-De acuerdo; iré adelantando faena para el lunes: a las cuatro y cuarto te espero en la entrada- se me acercó y me besó los labios- Hasta luego, mi amor- siguió bajando las escaleras y yo me quedé plantado como un vegetal, viendo desaparecer su bata blanca e intentando descifrar el misterio de su buen humor.
Enseguida llamé a Magda. Eran las tres menos cuarto de la tarde y, posiblemente ya no nos encontraríamos porque aquel día ella también acababa a las cuatro: entre el largo rato que yo tardara en subir más el que ella pudiera emplear en sus tareas, no coincidiríamos ya que, naturalmente, no querría verme antes de irse.
-Eh! ¿tanto me encuentras a faltar en dos horas que hace que hemos salido del quirófano como para tener que llamarme?- estaba contenta.
-Ya sabes que sí…- hice una pausa, quedando en silencio.
-Bueno… ¿qué quieres?.
-Verás…- volví a pasarme la mano por el cabello; es un gesto inconsciente muy típico en mí que se acentúa cuando estoy nervioso- Laura ha venido a verme: quiere que salgamos a comer ahora a las cuatro para después marcharnos juntos…
-Ya… entiendo- su tono se volvió seco- Tranquilo, no pasa nada. Cambio de planes: saldré con Sandra y con Mireia: antes me han propuesto ir a tomar algo.
Era evidente que estaba enfadada y me sentí mal por romper nuestro encuentro sólo una hora antes y de modo tan poco delicado. Entendía que yo me sintiera atado a mi vida familiar y que debiera cumplir cuando se daba la situación pero sus sentimientos la descubrían y la decepción de aquel momento, lógicamente, se tenía que vislumbrar. En realidad, mi deseo era verla a ella; charlar largo y tendido, compartiendo sonrisas y después algo más, en vez de sentarme frente a Laura, seguirle la corriente y preguntarme cuándo iba a sucederse el cambio.
-¿Todo bien?.
-Sí… perfectamente, doctor. Ya sabes que yo nunca me quedo sola- intentó mostrarse risueña y despreocupada pero la conocía suficiente para saber cómo se sentía.
-Éso está bien… Lo siento, Magda, cariño; acabo de hablar con Laura ahora mismo, sino no te hubiera avisado a última hora.
-Ya te he dicho que no pasa nada, Jorge. Ves tranquilo a comer con tu mujer; ella es lo primero… y que pases un buen fin de semana. Nos veremos el lunes- con éso de “ella es lo primero” delataba su rabia: dicho de un modo aparentemente normal, ni se notaba.
-Cuídate, mi vida. Un beso a tus niños.
-Otro para tí- colgó.
Laura y yo comimos un plato combinado en un bar a dos manzanas del Agora que frecuentan muchos médicos y enfermeras. Sirven con suma rapidez y gran eficacia que es justo lo que nosotros necesitamos por nuestro escueto tiempo libre antes de volver con las pilas recargadas. He ido centenares de veces; solo, con Magda y en compañía de los colegas. Con Laura era la segunda.
dijous, 18 d’agost del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Cuando llegué a casa eran las tres de la madrugada. Durante el camino de vuelta, empecé a inquietarme temiendo que Laura estuviera despierta y captara en mí aquello que realmente había sucedido inevitablemente. Pero al bajar por la cuesta de mi calle, observé con alivio que las luces de la vivienda estaban apagadas.
Entré con sigilo y subí las escaleras, agradecido de que todo estuviera en la paz de la noche. Pasé al dormitorio y percibí, suave y serena, la respiración de ella en nuestra cama. Como teníamos la calefacción encendida, no necesitábamos dormir demasiado abrigados de modo que Laura sólo llevaba la prenda interior de abajo. Estaba medio destapada y a la luz de la luna que se adentraba por la ventana en un cielo ya despejado, me quedé admirando su perfección, anonadado y abrumado por la excitación que volvía a conmover mi sexo a la vez que extrañado y aburrido de no aprender la lección. Pero era tan sumamente agraciada que no le podía sacar la vista de encima. Todavía sentía el contacto cálido de Magda; sus manos acariciando mi pecho, sus labios besando los míos, su lengua en mi boca… aún me sentía dentro de ella.
Reaccioné de pronto y experimenté el temor de que Laura pudiera percatarse del aroma de otra mujer en mis ropas e incluso en mi piel, de modo que me apresuré en darme una ducha en el baño de la planta baja y dejar las prendas en el cubo de la ropa sucia para que a la mañana siguiente, Sonia las pusiera a lavar.
Finalmente me metí en la cama y miré largo rato a mi esposa: en su sueño se la veía tan feliz y despreocupada con una expresión calmosa y quieta… sentí lástima y arrepentimiento por lo que había hecho y, en silencio, le pedí disculpas aunque era muy sensato y sabía que no iba a ser la primera y última vez. Magda estaría a mi lado dos días después y al siguiente y al otro y así no lograría olvidar lo sucedido y volveríamos a tropezar de nuevo y pese a que en aquellos instantes no me sentía especialmente orgulloso a la vez era consciente de que a la que Laura se mostrara opresora y cruel conmigo, ya no me importaría haber caído en la tentación. Ella también vivía sus historias. No obstante, sí que había una persona en nuestras vidas a la que debíamos pedir perdón; y esa era Julia.
Es una niña muy afectuosa: supongo que no puedo evitar mi amor de padre hacia ella de manera que debo decir que es un encanto de criatura; a parte de que es guapísima y de que tiene una inteligencia y una madurez visiblemente despiertas para su edad, es receptiva y sensible: esto último, un defecto teniendo en cuenta la triste vida familiar que le ha tocado aceptar tanto a gusto como a disgusto. Sí es verdad que, pese a todo, su madre y yo siempre hemos intentado darle el apoyo y el cariño que cualquier hijo necesita pero, al menos yo por mi parte, me siento frustrado por no haberle evitado algunas trifulcas: unas cuantas han sido demasiado fuertes para ella y después de que Laura me hubiese rebajado al nivel del suelo, corría hacia su cuarto donde hallaba a Julia tirada en la cama llorando bajo la almohada. Laura tiene por costumbre salir de casa cuando se descarga conmigo; dejarnos a su hija y a mí y volver al cabo de un par de horas en las que nunca he tenido ni idea de lo que hacía; imagino que pensar y darle vueltas a su cabeza maltrecha y fatigada mientras se pasea por el pueblo; a veces va caminando y otras coge el coche, lo cual me hace sufrir ya que temo que el día menos pensado se estrelle en un ataque de furia; y, en los peores de mis lapsos también he llegado a pensar que para mí, sería lo mejor.
Recuerdo un día en el que Laura se enfadó porque había hablado por teléfono con Mónica, una buena amiga suya de la facultad y había quedado para comer con ella y con su marido sin su consentimiento ni opinión. Pensé que la idea le encantaría pero una vez más, me equivoqué; su mente es tan peligrosa que uno no puede ni permitirse el lujo de decidir algo tan sencillo sin previo aviso. Montó en una cólera tan extrema que incluso Julia bajó consternada, excitada y chillando y con un mar de lágrimas en los ojos le gritó que se callara y que me dejara en paz. Y Laura obedeció: la miró con angustia, después me miró a mí con desdén y se marchó.
Me quedé frente a mi hija que no sabía cómo actuar; en realidad yo tampoco encontraba las palabras justas para tranquilizarla. Doy gracias una y otra vez de que ella no acostumbre por norma a encontrarse en medio de los huracanes. Aquel día no tuvo tanta suerte.
Volvió a subir las escaleras y cerró la puerta con un gran estruendo. Tras ella, subí yo. Estaba en la cama, tendida boca abajo, sollozando:
-Julia, mi vida…
-Déjame- me cortó en voz baja. No entendí. Me quedé allí, mirándola desesperado. Ella se giró hacia mí- ¿Por qué dejas que mamá te haga ésto? ¿por qué permites que te trate así? La detesto!!.
-Julia, no… mamá está enferma; no actúa así por placer: necesita ayuda pero no se da cuenta.
-¿Y éso es excusa para hablarte del modo en que lo hace, para gritarte? Pues no lo acepto- volvió a sollozar. Me acerqué a su cama y me senté junto a ella. Le acaricié el cabello tan rubio como yo sabía que Laura lo había tenido a su misma edad.
-Cariño, no estoy diciendo que sea excusable por ello pero debemos mirar de ayudarla en lo máximo posible.
-¿Y cómo la ayudas tú, papá? ¿dejándote pisotear por ella?... ¿y yo: cómo debo ayudarla, eh? ¿cómo?- realmente no sabía qué decir; igual que cada vez que sufría el menosprecio de mi mujer, era tan vulnerable que después, durante largo rato, estaba ausente; falto de reflejos y de perspicacia- Ésto no le pasa a ninguna de mis amigas. Los padres de Marta se llevan muy bien: se nota porque constantemente se sonríen y se besan. Mamá y tú nunca os abrazáis; siempre estáis distanciados: cada uno a la suya… estoy harta!- tenía tanta razón y lo decía con tanta tristeza y convicción que me vinieron ganas de echarme a llorar con ella. Sin embargo, respondí.
-Mira, Julia; cada hogar es un universo; desde fuera nos puede parecer que los demás viven en una nube pero en su interior existen tantos o más problemas de los que podamos tener nosotros- me sentí asquerosamente hipócrita.
-Me da lo mismo. No quiero que mamá siga maltratándote.
-No me maltrata… es sólo que se pone algo nerviosa y yo soy su válvula de escape. Trabajamos muchas horas y acumulamos tensiones: ya ves que no tenemos demasiado tiempo libre y coincidimos muy poco… tampoco a tí te dedicamos lo necesario.
-Pero ella a mí no me alza la voz ni me insulta…
-Claro que no! Julia, tu madre te quiere muchísimo. Jamás se atrevería a hacerte daño.
-Pues si te lo hace a tí es como si me lo hiciera a mí misma; eres mi padre- su elocuencia me dejó desarmado. Abrí los brazos y se acurrucó entre ellos. Lloró largo rato…
Entré con sigilo y subí las escaleras, agradecido de que todo estuviera en la paz de la noche. Pasé al dormitorio y percibí, suave y serena, la respiración de ella en nuestra cama. Como teníamos la calefacción encendida, no necesitábamos dormir demasiado abrigados de modo que Laura sólo llevaba la prenda interior de abajo. Estaba medio destapada y a la luz de la luna que se adentraba por la ventana en un cielo ya despejado, me quedé admirando su perfección, anonadado y abrumado por la excitación que volvía a conmover mi sexo a la vez que extrañado y aburrido de no aprender la lección. Pero era tan sumamente agraciada que no le podía sacar la vista de encima. Todavía sentía el contacto cálido de Magda; sus manos acariciando mi pecho, sus labios besando los míos, su lengua en mi boca… aún me sentía dentro de ella.
Reaccioné de pronto y experimenté el temor de que Laura pudiera percatarse del aroma de otra mujer en mis ropas e incluso en mi piel, de modo que me apresuré en darme una ducha en el baño de la planta baja y dejar las prendas en el cubo de la ropa sucia para que a la mañana siguiente, Sonia las pusiera a lavar.
Finalmente me metí en la cama y miré largo rato a mi esposa: en su sueño se la veía tan feliz y despreocupada con una expresión calmosa y quieta… sentí lástima y arrepentimiento por lo que había hecho y, en silencio, le pedí disculpas aunque era muy sensato y sabía que no iba a ser la primera y última vez. Magda estaría a mi lado dos días después y al siguiente y al otro y así no lograría olvidar lo sucedido y volveríamos a tropezar de nuevo y pese a que en aquellos instantes no me sentía especialmente orgulloso a la vez era consciente de que a la que Laura se mostrara opresora y cruel conmigo, ya no me importaría haber caído en la tentación. Ella también vivía sus historias. No obstante, sí que había una persona en nuestras vidas a la que debíamos pedir perdón; y esa era Julia.
Es una niña muy afectuosa: supongo que no puedo evitar mi amor de padre hacia ella de manera que debo decir que es un encanto de criatura; a parte de que es guapísima y de que tiene una inteligencia y una madurez visiblemente despiertas para su edad, es receptiva y sensible: esto último, un defecto teniendo en cuenta la triste vida familiar que le ha tocado aceptar tanto a gusto como a disgusto. Sí es verdad que, pese a todo, su madre y yo siempre hemos intentado darle el apoyo y el cariño que cualquier hijo necesita pero, al menos yo por mi parte, me siento frustrado por no haberle evitado algunas trifulcas: unas cuantas han sido demasiado fuertes para ella y después de que Laura me hubiese rebajado al nivel del suelo, corría hacia su cuarto donde hallaba a Julia tirada en la cama llorando bajo la almohada. Laura tiene por costumbre salir de casa cuando se descarga conmigo; dejarnos a su hija y a mí y volver al cabo de un par de horas en las que nunca he tenido ni idea de lo que hacía; imagino que pensar y darle vueltas a su cabeza maltrecha y fatigada mientras se pasea por el pueblo; a veces va caminando y otras coge el coche, lo cual me hace sufrir ya que temo que el día menos pensado se estrelle en un ataque de furia; y, en los peores de mis lapsos también he llegado a pensar que para mí, sería lo mejor.
Recuerdo un día en el que Laura se enfadó porque había hablado por teléfono con Mónica, una buena amiga suya de la facultad y había quedado para comer con ella y con su marido sin su consentimiento ni opinión. Pensé que la idea le encantaría pero una vez más, me equivoqué; su mente es tan peligrosa que uno no puede ni permitirse el lujo de decidir algo tan sencillo sin previo aviso. Montó en una cólera tan extrema que incluso Julia bajó consternada, excitada y chillando y con un mar de lágrimas en los ojos le gritó que se callara y que me dejara en paz. Y Laura obedeció: la miró con angustia, después me miró a mí con desdén y se marchó.
Me quedé frente a mi hija que no sabía cómo actuar; en realidad yo tampoco encontraba las palabras justas para tranquilizarla. Doy gracias una y otra vez de que ella no acostumbre por norma a encontrarse en medio de los huracanes. Aquel día no tuvo tanta suerte.
Volvió a subir las escaleras y cerró la puerta con un gran estruendo. Tras ella, subí yo. Estaba en la cama, tendida boca abajo, sollozando:
-Julia, mi vida…
-Déjame- me cortó en voz baja. No entendí. Me quedé allí, mirándola desesperado. Ella se giró hacia mí- ¿Por qué dejas que mamá te haga ésto? ¿por qué permites que te trate así? La detesto!!.
-Julia, no… mamá está enferma; no actúa así por placer: necesita ayuda pero no se da cuenta.
-¿Y éso es excusa para hablarte del modo en que lo hace, para gritarte? Pues no lo acepto- volvió a sollozar. Me acerqué a su cama y me senté junto a ella. Le acaricié el cabello tan rubio como yo sabía que Laura lo había tenido a su misma edad.
-Cariño, no estoy diciendo que sea excusable por ello pero debemos mirar de ayudarla en lo máximo posible.
-¿Y cómo la ayudas tú, papá? ¿dejándote pisotear por ella?... ¿y yo: cómo debo ayudarla, eh? ¿cómo?- realmente no sabía qué decir; igual que cada vez que sufría el menosprecio de mi mujer, era tan vulnerable que después, durante largo rato, estaba ausente; falto de reflejos y de perspicacia- Ésto no le pasa a ninguna de mis amigas. Los padres de Marta se llevan muy bien: se nota porque constantemente se sonríen y se besan. Mamá y tú nunca os abrazáis; siempre estáis distanciados: cada uno a la suya… estoy harta!- tenía tanta razón y lo decía con tanta tristeza y convicción que me vinieron ganas de echarme a llorar con ella. Sin embargo, respondí.
-Mira, Julia; cada hogar es un universo; desde fuera nos puede parecer que los demás viven en una nube pero en su interior existen tantos o más problemas de los que podamos tener nosotros- me sentí asquerosamente hipócrita.
-Me da lo mismo. No quiero que mamá siga maltratándote.
-No me maltrata… es sólo que se pone algo nerviosa y yo soy su válvula de escape. Trabajamos muchas horas y acumulamos tensiones: ya ves que no tenemos demasiado tiempo libre y coincidimos muy poco… tampoco a tí te dedicamos lo necesario.
-Pero ella a mí no me alza la voz ni me insulta…
-Claro que no! Julia, tu madre te quiere muchísimo. Jamás se atrevería a hacerte daño.
-Pues si te lo hace a tí es como si me lo hiciera a mí misma; eres mi padre- su elocuencia me dejó desarmado. Abrí los brazos y se acurrucó entre ellos. Lloró largo rato…
dimecres, 27 de juliol del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Recuerdo que nos acostamos por primera vez, un martes. Fue un día de duro trabajo. Nos quedamos en la clínica hasta las once de la noche. Habíamos tenido más pacientes de los estipulados y además a última hora se me había presentado una urgencia; un hombre de mediana edad había entrado con paro cardíaco. Tuve pues que retrasar un cúmulo de expedientes y a más a más a la mañana siguiente partía hacia Bruselas y debía acabar de preparar la conferencia. Efectivamente, podría haber dejado mi última tasca para cuando llegara a casa pero me sentía más relajado en mi despacho, a la luz de la lámpara alógena y alejado de lo inesperado.
Magda todavía se paseaba por allí y de vez en cuando entraba en la consulta para guardar fichas en el archivador y preguntarme si requería de su ayuda. Estaba especialmente hermosa; o por lo menos a mí me lo pareció. Yo, había telefoneado a Laura para avisarla de mi demora; no se inmutó: es cierto que los dos estamos más que acostumbrados a los retrasos y a las largas noches en el hospital o en la consulta privada por saturación de faena. Una vez más, entró Magda con su tímida sonrisa:
-¿Cómo vamos? ¿has finalizado la charla de mañana?.
-Sí…- me levanté y me quité la bata blanca, colgándola en la percha de la puerta y cogiendo la chaqueta de vestir- Uf! Menuda tardecita, eh!
-Y que lo digas… menos mal que estamos preparados para todo- me miró cariñosamente- ¿Sabes la señora Rosario: a la que pusimos un marcapasos el mes pasado?- asentí descuidadamente, recogiendo la carpeta de encima de la mesa y guardando algunos papeles en mi cartera. Puse el dedo en el interruptor de la lámpara y entonces miré a Magda con interés, esperando a que me explicara- Pues resulta que me ha llamado esta tarde hacia las siete para decirme que no se encuentra bien; que le duele la zona donde le implantaste el aparato y me preguntaba si no era posible que se lo hubieras colocado mal- rió, mostrando sus grandes dientes. También sonreí.
-Bueno… puede que se le haya infectado un poco. ¿Le has dicho que se pase por la clínica?.
-Sí; la he citado para el jueves aunque esta semana la tenemos hasta los topes- levanté la mirada hacia el techo, cómicamente- No te quejes… ya querrían muchos vivir como tú.
-¿Ah, sí? ¿y cómo vivo yo?- mientras esperaba su respuesta, apagué la luz y le cedí el paso, señalando con una mano hacia fuera.
-Pues… ¿cómo te diría, doctor?... digamos que llevas un muy buen nivel de vida.
-Ah…- asentí con la cabeza de nuevo, lentamente y arqueando las cejas en un gesto simpático, añadí- vaya; que soy un maldito médico millonario ¿no?.
-Millonario, sí… maldito, no.
Caminamos juntos, despacio, cruzando la oscura sala de espera tan sólo asomando en ella las luces de emergencia y pasamos por delante de recepción hasta la puerta de salida de la clínica; seguimos bromeando acerca de mi estatus social. Cuando salimos a la calle, un fuerte viento frío nos abofeteó a los dos: en ese preciso instante cayó un rayo seguido de un fuerte trueno que casi pareció sacudir los bloques de pisos que circundaban la gran avenida donde se encontraba nuestro edificio.
-Caramba, qué tormenta se nos viene encima- empezaron a caer pequeñas gotas de agua que aumentaron rápida y progresivamente de tamaño. Miré a Magda que, refugiada en su grueso anorak gris, alzaba la vista al cielo para asegurarse de que la lluvia caía de él. Sentí un súbito impulso de besarla. Como intuyendo mi mirada, bajó los ojos hacia mí y ensanchó los labios en una sonrisa.
-Qué mala pata tengo. Ayer traje paraguas y no cayó ni una gota y hoy, he salido de casa pensando que no me sería necesario con el sol espléndido de la mañana y ahora el tiempo se decide a empeorar.
-Será que te tiene manía…
-Pues va a ser que sí – arrugó la nariz, simpáticamente.
-Bueno: mientras se decide a caer una tromba de agua, te invito a cenar y luego te acerco hasta casa con el coche.
-No me negaré…- de nuevo su hermosa sonrisa provocó en mi cuerpo una excitación que me sorprendió agradablemente.
Cenamos en un bar-restaurante que teníamos justo enfrente de la clínica. Era pequeño pero acogedor y yo lo conocía sobradamente de tomarme un respiro y un café cada tarde cuando llegaba del Agora, antes de continuar con la sesión en la privada.
La comida era buena y los platos bastante abundantes; nos lo dejamos casi todo, más por cansancio que por falta de apetito. Estuvimos hablando sobre el hospital, sobre pacientes, sobre algunos de nuestros compañeros y hacia el final cuando tomábamos el café, la conversación se volvió algo más personal. Magda se quedó callada un rato y le pregunté en qué pensaba:
-En nada… - me miró tímidamente y bajó sus ojos castaños hacia la taza.
-Vamos… siempre hay algo en lo que pensar… no eres una mujer de mente en blanco.
-¿No soy una mujer de mente en blanco?- rió – Original manera de describir un rasgo de mi persona.
-Es positivo…
-Desde luego.
-Venga, dime qué pensabas.
-Es que no resulta fácil decirlo, Jorge…
-¿Ah, no? ¿y eso por qué? ¿es que estás preocupada por algo? Sabes que puedes confiar en mí: hace años que nos conocemos…
-Muchos años… demasiados…
-¿Demasiados? ¿qué quieres decir; es que estás harta de mí? Te trato bien ¿no?- de pronto me sentí como un horrible empresario explotando a su obrera.
-Claro que sí, tonto… no es éso…
-¿Entonces? ¿por dónde van los tiros? Ya sabes que soy un poco lento para captar ciertas cosas.
-Ya… está claro que vives en otro mundo: por muchas señales de humo que se te hagan a lo lejos, no coges ni una- levantó la mirada y noté un brillo extraño en ella- ¿No te das cuenta, verdad?- negué con la cabeza intentando no perder detalle de nada de lo que pudiera decirme- Aix…- suspiró jocosamente- ¿Soy como todas, no?
-¿Como todas? ¿Como quiénes?
-Déjalo, anda… - se quedó seria y me pareció que se sonrojaba. Entendía perfectamente a lo que se refería, claro.
Crucé los brazos encima de la mesa y clavé mis ojos grises en su avergonzado rostro:
-¿Quieres decir si me fijo en tí como en otras mujeres? Pues la respuesta es que no: te veo de un modo especial.
-Claro… como tu ayudante primera; sólo como una de tus colaboradoras que tiene un cargo “algo” más relevante que otras.
Sin quitar mi mirada de ella, entrecerré los ojos:
-Te equivocas; lo que siento por tí no tiene nada que ver con tu trabajo ni con tu cargo.
Sonreí levemente aunque en mi interior se agrandó la sonrisa cuando vi su cara resplandeciente de cierta ilusión.
-Hace tanto tiempo que me gustas; tanto que lo vengo callando… me estaba volviendo loca. Jorge, me siento mal; sé que estás con Laura, que tenéis una hija y que todo ésto está fuera de lugar pero ya no podía reprimirme. Lo paso tan mal cuando estamos juntos y sé que no me perteneces a mí; que por más que mi cuerpo me lo pida, no puedo besarte, acariciarte…- de nuevo bajó la mirada, entonces yo alargué mi mano por encima de la mesa y cogí la suya: grande y fuerte para pertenecer a una mujer; seguí mirándola durante unos segundos.
-Los sentimientos no pueden reprimirse, Magda. No te sientas culpable de nada. Pasamos muchas horas unidos. Yo también me dejo llevar e igualmente debo controlarme. Eres una mujer preciosa- al escuchar mis palabras, parpadeó repetidamente, me lanzó una mirada cohibida y la desvió hacia la mesa de al lado donde empezaba a cenar una pareja que cuchicheaba y reía de vez en cuando. Por supuesto, no les prestaba atención a ellos- No creas que me resulta sencillo apartar mi pensamiento de tí cuando estamos en medio de una intervención y te tengo al lado: ni cuando entras y sales del despacho mientras tengo visitas, aquí en la clínica… trastornas a cualquier hombre- volví a encontrarme con su castaño oscuro en mis pupilas y asentí para dar fiabilidad a lo que le decía.
-Entonces… ¿qué debemos hacer, doctor Manlleu?- estaba tan atractiva justo en aquel momento, con su corto y rizado cabello negro azabache, insinuando un largo cuello, cubierto por un jersey alto de color anaranjado y a la luz de la vela que dejaban en cada mesa para ofrecer un aire más romántico al local, que entonces sí tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no desatarme allí mismo. Me asombré por los impulsos que me empezaban a abrasar el cuerpo y que sentí por primera vez hacia ella de un modo casi salvaje pero también los atribuí al vino que habíamos tomado y que había caído en nuestros estómagos demasiado vacíos. Me dejé arrastrar por el deseo irrefrenable.
-¿Preferirías que fuéramos a otro lugar antes de que te lleve a casa?
-¿Tú qué crees?
Así que la llevé a uno de los mejores hoteles que conocía de las convenciones sobre cardiología que se habían celebrado en la ciudad y allí pasamos dos largas horas durante las que me alegré de conocer su bellísimo cuerpo y con las que disfruté de él. En aquella primera ocasión, apenas hablamos; teníamos la lívido tan subida que tan sólo nos dedicamos a gozar del placer.
Magda todavía se paseaba por allí y de vez en cuando entraba en la consulta para guardar fichas en el archivador y preguntarme si requería de su ayuda. Estaba especialmente hermosa; o por lo menos a mí me lo pareció. Yo, había telefoneado a Laura para avisarla de mi demora; no se inmutó: es cierto que los dos estamos más que acostumbrados a los retrasos y a las largas noches en el hospital o en la consulta privada por saturación de faena. Una vez más, entró Magda con su tímida sonrisa:
-¿Cómo vamos? ¿has finalizado la charla de mañana?.
-Sí…- me levanté y me quité la bata blanca, colgándola en la percha de la puerta y cogiendo la chaqueta de vestir- Uf! Menuda tardecita, eh!
-Y que lo digas… menos mal que estamos preparados para todo- me miró cariñosamente- ¿Sabes la señora Rosario: a la que pusimos un marcapasos el mes pasado?- asentí descuidadamente, recogiendo la carpeta de encima de la mesa y guardando algunos papeles en mi cartera. Puse el dedo en el interruptor de la lámpara y entonces miré a Magda con interés, esperando a que me explicara- Pues resulta que me ha llamado esta tarde hacia las siete para decirme que no se encuentra bien; que le duele la zona donde le implantaste el aparato y me preguntaba si no era posible que se lo hubieras colocado mal- rió, mostrando sus grandes dientes. También sonreí.
-Bueno… puede que se le haya infectado un poco. ¿Le has dicho que se pase por la clínica?.
-Sí; la he citado para el jueves aunque esta semana la tenemos hasta los topes- levanté la mirada hacia el techo, cómicamente- No te quejes… ya querrían muchos vivir como tú.
-¿Ah, sí? ¿y cómo vivo yo?- mientras esperaba su respuesta, apagué la luz y le cedí el paso, señalando con una mano hacia fuera.
-Pues… ¿cómo te diría, doctor?... digamos que llevas un muy buen nivel de vida.
-Ah…- asentí con la cabeza de nuevo, lentamente y arqueando las cejas en un gesto simpático, añadí- vaya; que soy un maldito médico millonario ¿no?.
-Millonario, sí… maldito, no.
Caminamos juntos, despacio, cruzando la oscura sala de espera tan sólo asomando en ella las luces de emergencia y pasamos por delante de recepción hasta la puerta de salida de la clínica; seguimos bromeando acerca de mi estatus social. Cuando salimos a la calle, un fuerte viento frío nos abofeteó a los dos: en ese preciso instante cayó un rayo seguido de un fuerte trueno que casi pareció sacudir los bloques de pisos que circundaban la gran avenida donde se encontraba nuestro edificio.
-Caramba, qué tormenta se nos viene encima- empezaron a caer pequeñas gotas de agua que aumentaron rápida y progresivamente de tamaño. Miré a Magda que, refugiada en su grueso anorak gris, alzaba la vista al cielo para asegurarse de que la lluvia caía de él. Sentí un súbito impulso de besarla. Como intuyendo mi mirada, bajó los ojos hacia mí y ensanchó los labios en una sonrisa.
-Qué mala pata tengo. Ayer traje paraguas y no cayó ni una gota y hoy, he salido de casa pensando que no me sería necesario con el sol espléndido de la mañana y ahora el tiempo se decide a empeorar.
-Será que te tiene manía…
-Pues va a ser que sí – arrugó la nariz, simpáticamente.
-Bueno: mientras se decide a caer una tromba de agua, te invito a cenar y luego te acerco hasta casa con el coche.
-No me negaré…- de nuevo su hermosa sonrisa provocó en mi cuerpo una excitación que me sorprendió agradablemente.
Cenamos en un bar-restaurante que teníamos justo enfrente de la clínica. Era pequeño pero acogedor y yo lo conocía sobradamente de tomarme un respiro y un café cada tarde cuando llegaba del Agora, antes de continuar con la sesión en la privada.
La comida era buena y los platos bastante abundantes; nos lo dejamos casi todo, más por cansancio que por falta de apetito. Estuvimos hablando sobre el hospital, sobre pacientes, sobre algunos de nuestros compañeros y hacia el final cuando tomábamos el café, la conversación se volvió algo más personal. Magda se quedó callada un rato y le pregunté en qué pensaba:
-En nada… - me miró tímidamente y bajó sus ojos castaños hacia la taza.
-Vamos… siempre hay algo en lo que pensar… no eres una mujer de mente en blanco.
-¿No soy una mujer de mente en blanco?- rió – Original manera de describir un rasgo de mi persona.
-Es positivo…
-Desde luego.
-Venga, dime qué pensabas.
-Es que no resulta fácil decirlo, Jorge…
-¿Ah, no? ¿y eso por qué? ¿es que estás preocupada por algo? Sabes que puedes confiar en mí: hace años que nos conocemos…
-Muchos años… demasiados…
-¿Demasiados? ¿qué quieres decir; es que estás harta de mí? Te trato bien ¿no?- de pronto me sentí como un horrible empresario explotando a su obrera.
-Claro que sí, tonto… no es éso…
-¿Entonces? ¿por dónde van los tiros? Ya sabes que soy un poco lento para captar ciertas cosas.
-Ya… está claro que vives en otro mundo: por muchas señales de humo que se te hagan a lo lejos, no coges ni una- levantó la mirada y noté un brillo extraño en ella- ¿No te das cuenta, verdad?- negué con la cabeza intentando no perder detalle de nada de lo que pudiera decirme- Aix…- suspiró jocosamente- ¿Soy como todas, no?
-¿Como todas? ¿Como quiénes?
-Déjalo, anda… - se quedó seria y me pareció que se sonrojaba. Entendía perfectamente a lo que se refería, claro.
Crucé los brazos encima de la mesa y clavé mis ojos grises en su avergonzado rostro:
-¿Quieres decir si me fijo en tí como en otras mujeres? Pues la respuesta es que no: te veo de un modo especial.
-Claro… como tu ayudante primera; sólo como una de tus colaboradoras que tiene un cargo “algo” más relevante que otras.
Sin quitar mi mirada de ella, entrecerré los ojos:
-Te equivocas; lo que siento por tí no tiene nada que ver con tu trabajo ni con tu cargo.
Sonreí levemente aunque en mi interior se agrandó la sonrisa cuando vi su cara resplandeciente de cierta ilusión.
-Hace tanto tiempo que me gustas; tanto que lo vengo callando… me estaba volviendo loca. Jorge, me siento mal; sé que estás con Laura, que tenéis una hija y que todo ésto está fuera de lugar pero ya no podía reprimirme. Lo paso tan mal cuando estamos juntos y sé que no me perteneces a mí; que por más que mi cuerpo me lo pida, no puedo besarte, acariciarte…- de nuevo bajó la mirada, entonces yo alargué mi mano por encima de la mesa y cogí la suya: grande y fuerte para pertenecer a una mujer; seguí mirándola durante unos segundos.
-Los sentimientos no pueden reprimirse, Magda. No te sientas culpable de nada. Pasamos muchas horas unidos. Yo también me dejo llevar e igualmente debo controlarme. Eres una mujer preciosa- al escuchar mis palabras, parpadeó repetidamente, me lanzó una mirada cohibida y la desvió hacia la mesa de al lado donde empezaba a cenar una pareja que cuchicheaba y reía de vez en cuando. Por supuesto, no les prestaba atención a ellos- No creas que me resulta sencillo apartar mi pensamiento de tí cuando estamos en medio de una intervención y te tengo al lado: ni cuando entras y sales del despacho mientras tengo visitas, aquí en la clínica… trastornas a cualquier hombre- volví a encontrarme con su castaño oscuro en mis pupilas y asentí para dar fiabilidad a lo que le decía.
-Entonces… ¿qué debemos hacer, doctor Manlleu?- estaba tan atractiva justo en aquel momento, con su corto y rizado cabello negro azabache, insinuando un largo cuello, cubierto por un jersey alto de color anaranjado y a la luz de la vela que dejaban en cada mesa para ofrecer un aire más romántico al local, que entonces sí tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no desatarme allí mismo. Me asombré por los impulsos que me empezaban a abrasar el cuerpo y que sentí por primera vez hacia ella de un modo casi salvaje pero también los atribuí al vino que habíamos tomado y que había caído en nuestros estómagos demasiado vacíos. Me dejé arrastrar por el deseo irrefrenable.
-¿Preferirías que fuéramos a otro lugar antes de que te lleve a casa?
-¿Tú qué crees?
Así que la llevé a uno de los mejores hoteles que conocía de las convenciones sobre cardiología que se habían celebrado en la ciudad y allí pasamos dos largas horas durante las que me alegré de conocer su bellísimo cuerpo y con las que disfruté de él. En aquella primera ocasión, apenas hablamos; teníamos la lívido tan subida que tan sólo nos dedicamos a gozar del placer.
dimarts, 19 de juliol del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Ahora, mientras escribo estas líneas y recuerdo aquel día, siento compasión de mí mismo; la sentí entonces pero realmente no te das cuenta de las cosas hasta que no pasa el tiempo y miras hacia atrás para cerciorarte de que verdaderamente ocurrieron y para preguntarte por qué permitiste que así fuera, en contra de tu voluntad. Dicen que el amor no tiene fronteras y debería ser cierto porque sino, no encuentro respuesta a mi obediencia y a mi carácter sumiso después de tanto odio y despotismo recibido a cambio. Es ridículo, me he repetido una y mil veces a lo largo de mi vida junto a Laura, que un hombre de mis características y con mi cargo de responsabilidad, se reduzca a tan poco en su mundo personal y familiar; pero he ido asumiendo que, quizás como muchos, soy dos personas diferentes encerradas en un mismo cuerpo: el Jorge atrevido, inteligente, receptivo, práctico, eficiente y respetado en su vida laboral y el Jorge introvertido, débil, vulnerable, febril y entregado en su vida particular. Es de este modo y no puedo evitarlo.
El hecho es que, actualmente y desde hace largos meses, sí mantengo una relación con Magda; si volviéramos a discutir Laura y yo, podría darle la razón al cien por ciento y puede que su estallido de histrionismo estuviera completamente justificado.
Con esta mujer me siento a gusto: cuando estamos juntos en nuestras salidas clandestinas después de dejar la clínica o bien cuando aprovechamos una simple hora de comida y nos encontramos en un hotel, estoy abierto y relajado. Charlamos animadamente; a veces del trabajo y en muchas ocasiones, de ella; de sus conflictos; pero en general es una persona muy optimista. Yo, procuro hablar lo mínimo acerca de mí y aunque me pregunta e intenta averiguar de mi pasado y de mi cotidianidad, casi siempre me mantengo huraño al respecto y desiste rápidamente como si intuyera que pisa terreno ajeno.
Hacemos el amor lenta y apasionadamente. Nunca una queja, jamás una recriminación. Ella es libre pero sabe que yo no… y seguramente es consciente, por mucho que le cueste admitirlo, de que estoy enamorado de mi esposa.
Creo que fue Magda la que dio el primer paso. Cuatro años después de mi supuesta relación con ella y tras un largo tiempo de nuestro café de consuelo cuando aquel día la hallé llorando, empezó a mostrarse más cercana; sí que me di cuenta claramente entonces, de que se arreglaba mucho; es una mujer de una belleza un tanto exótica y sabía maquillar perfectamente sus rasgos más destacados: los labios, de una sensualidad que no me pasó desapercibida en su momento: qué hombre no está despierto al sexo por muy saturado que se encuentre o por más nefasta que sea su vida… la tendencia no nos abandona.
El hecho es que, actualmente y desde hace largos meses, sí mantengo una relación con Magda; si volviéramos a discutir Laura y yo, podría darle la razón al cien por ciento y puede que su estallido de histrionismo estuviera completamente justificado.
Con esta mujer me siento a gusto: cuando estamos juntos en nuestras salidas clandestinas después de dejar la clínica o bien cuando aprovechamos una simple hora de comida y nos encontramos en un hotel, estoy abierto y relajado. Charlamos animadamente; a veces del trabajo y en muchas ocasiones, de ella; de sus conflictos; pero en general es una persona muy optimista. Yo, procuro hablar lo mínimo acerca de mí y aunque me pregunta e intenta averiguar de mi pasado y de mi cotidianidad, casi siempre me mantengo huraño al respecto y desiste rápidamente como si intuyera que pisa terreno ajeno.
Hacemos el amor lenta y apasionadamente. Nunca una queja, jamás una recriminación. Ella es libre pero sabe que yo no… y seguramente es consciente, por mucho que le cueste admitirlo, de que estoy enamorado de mi esposa.
Creo que fue Magda la que dio el primer paso. Cuatro años después de mi supuesta relación con ella y tras un largo tiempo de nuestro café de consuelo cuando aquel día la hallé llorando, empezó a mostrarse más cercana; sí que me di cuenta claramente entonces, de que se arreglaba mucho; es una mujer de una belleza un tanto exótica y sabía maquillar perfectamente sus rasgos más destacados: los labios, de una sensualidad que no me pasó desapercibida en su momento: qué hombre no está despierto al sexo por muy saturado que se encuentre o por más nefasta que sea su vida… la tendencia no nos abandona.
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