Aunque desgraciadamente en la balanza de mi vida junto a Laura pese más lo malo que lo bueno, de igual forma hemos tenido algunos ratos agradables. Cuando está de buenas puede llegar a ser la mujer más dulce que haya conocido jamás y entonces me embriago de esa ternura y, por corto espacio, me invade una amnesia celestial.
En cuanto se refiere a nuestros actos íntimos, no resulta difícil llegar a imaginar que son casi inexistentes pero aún así, todavía disfrutamos de alguno que otro.
Hace unos meses, me sorprendió apareciendo por la planta de cardiología. Estaba en el departamento de post que es donde habitualmente trabajo, cuando al salir de mi oficina, algo acelerado porque me habían llamado de marcapasos para que echara un vistazo al registro del reveal ( que es como un holter de unos diez centímetros de largo que se implanta temporalmente de forma subcutánea para poder controlar cualquier tipo de alteración ) de un joven al que venía tratando desde hacía una larga temporada y que sufría fuertes episodios de lo que, sospechaba, podían ser taquicardias provocadas por fibrilación ventricular, topé de cara con Laura. Venía sonriendo.
-Te veo atareado.
-Sí; ya sabes que ésto es una locura…- estaba algo estupefacto porque como ya he dicho, las visitas entre nosotros eran realmente extraordinarias y estrictamente obligatorias, en su caso.
-Yo hoy tengo un día tranquilo. Salvo que hemos ingresado a una chica de veintidós años por un ataque de nervios, todo en paz. Figúrate; su novio la dejó ayer por la noche y ella ha intentado suicidarse. Esta mañana la han traído sus padres: qué pena, estaban horrorizados.
-No me extraña… quién no lo estaría- íbamos caminando por el pasillo, pasando por delante de las puertas donde descansaban parte de mis enfermos, la mayoría, gente de más de sesenta años; sólo tenía a una chica de treinta, bien despierta y muerta de aburrimiento en la habitación: la habían subido de urgencias hacía dos días; había entrado con un fuerte dolor en el pecho y aunque yo descartaba cualquier tipo de dolencia cardiaca, preferí dejarla en observación y monitorizada, si bien las camas estaban verdaderamente solicitadas.
-Le he tenido que suministrar tal cantidad de calmantes como para dormir a un caballo- rió como solía hacer de antaño, en nuestra mejor época- Pobre chica; debía de querer mucho a ese joven… tanto como para decidir que su vida no tenía sentido sin él- quedó pensativa.
Salimos al rellano y bajamos por las escaleras hasta el tercer piso. Cuando estás acostumbrado a ir de un lado para otro y a recorrer todo el hospital, llega un punto en el que coger el ascensor se te hace pesado; tardas menos yendo a pie que esperando impacientemente a que suene el timbre del elevador para indicar que ya está aquí; para entonces cuando abre sus puertas no queda de ti más que tu perfume en el ambiente.
Una vez llegados a la tercera planta, nos quedamos uno frente al otro, antes de que yo entrara en el descansillo.
-¿Qué tienes?
-Un chico de treinta y cinco años que lleva un reveal. Parece que esta madrugada ha sufrido un síncope que se ha podido grabar con el mando.
-¿Es grave?
-Uf…- me pasé la mano por mi corto cabello canoso- es un caso complejo; llevamos tiempo tras él y se nos escapa de las manos: en un principio pensamos que podía tratarse de una fibrilación auricular pero no ha respondido favorablemente a las dos ablaciones que le hemos practicado y los episodios de caída repentina, indican que puede tratarse del ventrículo y no de la aurícula como hasta ahora creíamos. Llega a las doscientas sesenta pulsaciones por minuto.
-Dios mío; es una aberrancia…
-Eso imaginamos… este caso me lleva por el camino de la amargura.
-En fin… sólo venía a proponerte que comiéramos juntos. Como es viernes, he pensado que podrías salir antes. Luego pasamos a buscar a Julia, dejamos mi coche en casa y nos vamos para Camprodón- normalmente, los viernes suelo salir del hospital alrededor de las seis. Laura por entonces ya ha finalizado su turno hacia las tres y acostumbra a ser ella la que pasa a buscar a Julia por el instituto. Cuando yo llego a Matadepera sobre las siete y media, las recojo y nos vamos hacia Camprodón. Allí tenemos una torre donde residimos la mayor parte de los fines de semana, tanto en invierno como en verano.
-Claro… sobre las cuatro habré terminado- pensé en Magda; en realidad había quedado con ella. Sabía que no le haría ninguna gracia que anulara la cita.
-De acuerdo; iré adelantando faena para el lunes: a las cuatro y cuarto te espero en la entrada- se me acercó y me besó los labios- Hasta luego, mi amor- siguió bajando las escaleras y yo me quedé plantado como un vegetal, viendo desaparecer su bata blanca e intentando descifrar el misterio de su buen humor.
Enseguida llamé a Magda. Eran las tres menos cuarto de la tarde y, posiblemente ya no nos encontraríamos porque aquel día ella también acababa a las cuatro: entre el largo rato que yo tardara en subir más el que ella pudiera emplear en sus tareas, no coincidiríamos ya que, naturalmente, no querría verme antes de irse.
-Eh! ¿tanto me encuentras a faltar en dos horas que hace que hemos salido del quirófano como para tener que llamarme?- estaba contenta.
-Ya sabes que sí…- hice una pausa, quedando en silencio.
-Bueno… ¿qué quieres?.
-Verás…- volví a pasarme la mano por el cabello; es un gesto inconsciente muy típico en mí que se acentúa cuando estoy nervioso- Laura ha venido a verme: quiere que salgamos a comer ahora a las cuatro para después marcharnos juntos…
-Ya… entiendo- su tono se volvió seco- Tranquilo, no pasa nada. Cambio de planes: saldré con Sandra y con Mireia: antes me han propuesto ir a tomar algo.
Era evidente que estaba enfadada y me sentí mal por romper nuestro encuentro sólo una hora antes y de modo tan poco delicado. Entendía que yo me sintiera atado a mi vida familiar y que debiera cumplir cuando se daba la situación pero sus sentimientos la descubrían y la decepción de aquel momento, lógicamente, se tenía que vislumbrar. En realidad, mi deseo era verla a ella; charlar largo y tendido, compartiendo sonrisas y después algo más, en vez de sentarme frente a Laura, seguirle la corriente y preguntarme cuándo iba a sucederse el cambio.
-¿Todo bien?.
-Sí… perfectamente, doctor. Ya sabes que yo nunca me quedo sola- intentó mostrarse risueña y despreocupada pero la conocía suficiente para saber cómo se sentía.
-Éso está bien… Lo siento, Magda, cariño; acabo de hablar con Laura ahora mismo, sino no te hubiera avisado a última hora.
-Ya te he dicho que no pasa nada, Jorge. Ves tranquilo a comer con tu mujer; ella es lo primero… y que pases un buen fin de semana. Nos veremos el lunes- con éso de “ella es lo primero” delataba su rabia: dicho de un modo aparentemente normal, ni se notaba.
-Cuídate, mi vida. Un beso a tus niños.
-Otro para tí- colgó.
Laura y yo comimos un plato combinado en un bar a dos manzanas del Agora que frecuentan muchos médicos y enfermeras. Sirven con suma rapidez y gran eficacia que es justo lo que nosotros necesitamos por nuestro escueto tiempo libre antes de volver con las pilas recargadas. He ido centenares de veces; solo, con Magda y en compañía de los colegas. Con Laura era la segunda.
dilluns, 22 d’agost del 2011
dijous, 18 d’agost del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Cuando llegué a casa eran las tres de la madrugada. Durante el camino de vuelta, empecé a inquietarme temiendo que Laura estuviera despierta y captara en mí aquello que realmente había sucedido inevitablemente. Pero al bajar por la cuesta de mi calle, observé con alivio que las luces de la vivienda estaban apagadas.
Entré con sigilo y subí las escaleras, agradecido de que todo estuviera en la paz de la noche. Pasé al dormitorio y percibí, suave y serena, la respiración de ella en nuestra cama. Como teníamos la calefacción encendida, no necesitábamos dormir demasiado abrigados de modo que Laura sólo llevaba la prenda interior de abajo. Estaba medio destapada y a la luz de la luna que se adentraba por la ventana en un cielo ya despejado, me quedé admirando su perfección, anonadado y abrumado por la excitación que volvía a conmover mi sexo a la vez que extrañado y aburrido de no aprender la lección. Pero era tan sumamente agraciada que no le podía sacar la vista de encima. Todavía sentía el contacto cálido de Magda; sus manos acariciando mi pecho, sus labios besando los míos, su lengua en mi boca… aún me sentía dentro de ella.
Reaccioné de pronto y experimenté el temor de que Laura pudiera percatarse del aroma de otra mujer en mis ropas e incluso en mi piel, de modo que me apresuré en darme una ducha en el baño de la planta baja y dejar las prendas en el cubo de la ropa sucia para que a la mañana siguiente, Sonia las pusiera a lavar.
Finalmente me metí en la cama y miré largo rato a mi esposa: en su sueño se la veía tan feliz y despreocupada con una expresión calmosa y quieta… sentí lástima y arrepentimiento por lo que había hecho y, en silencio, le pedí disculpas aunque era muy sensato y sabía que no iba a ser la primera y última vez. Magda estaría a mi lado dos días después y al siguiente y al otro y así no lograría olvidar lo sucedido y volveríamos a tropezar de nuevo y pese a que en aquellos instantes no me sentía especialmente orgulloso a la vez era consciente de que a la que Laura se mostrara opresora y cruel conmigo, ya no me importaría haber caído en la tentación. Ella también vivía sus historias. No obstante, sí que había una persona en nuestras vidas a la que debíamos pedir perdón; y esa era Julia.
Es una niña muy afectuosa: supongo que no puedo evitar mi amor de padre hacia ella de manera que debo decir que es un encanto de criatura; a parte de que es guapísima y de que tiene una inteligencia y una madurez visiblemente despiertas para su edad, es receptiva y sensible: esto último, un defecto teniendo en cuenta la triste vida familiar que le ha tocado aceptar tanto a gusto como a disgusto. Sí es verdad que, pese a todo, su madre y yo siempre hemos intentado darle el apoyo y el cariño que cualquier hijo necesita pero, al menos yo por mi parte, me siento frustrado por no haberle evitado algunas trifulcas: unas cuantas han sido demasiado fuertes para ella y después de que Laura me hubiese rebajado al nivel del suelo, corría hacia su cuarto donde hallaba a Julia tirada en la cama llorando bajo la almohada. Laura tiene por costumbre salir de casa cuando se descarga conmigo; dejarnos a su hija y a mí y volver al cabo de un par de horas en las que nunca he tenido ni idea de lo que hacía; imagino que pensar y darle vueltas a su cabeza maltrecha y fatigada mientras se pasea por el pueblo; a veces va caminando y otras coge el coche, lo cual me hace sufrir ya que temo que el día menos pensado se estrelle en un ataque de furia; y, en los peores de mis lapsos también he llegado a pensar que para mí, sería lo mejor.
Recuerdo un día en el que Laura se enfadó porque había hablado por teléfono con Mónica, una buena amiga suya de la facultad y había quedado para comer con ella y con su marido sin su consentimiento ni opinión. Pensé que la idea le encantaría pero una vez más, me equivoqué; su mente es tan peligrosa que uno no puede ni permitirse el lujo de decidir algo tan sencillo sin previo aviso. Montó en una cólera tan extrema que incluso Julia bajó consternada, excitada y chillando y con un mar de lágrimas en los ojos le gritó que se callara y que me dejara en paz. Y Laura obedeció: la miró con angustia, después me miró a mí con desdén y se marchó.
Me quedé frente a mi hija que no sabía cómo actuar; en realidad yo tampoco encontraba las palabras justas para tranquilizarla. Doy gracias una y otra vez de que ella no acostumbre por norma a encontrarse en medio de los huracanes. Aquel día no tuvo tanta suerte.
Volvió a subir las escaleras y cerró la puerta con un gran estruendo. Tras ella, subí yo. Estaba en la cama, tendida boca abajo, sollozando:
-Julia, mi vida…
-Déjame- me cortó en voz baja. No entendí. Me quedé allí, mirándola desesperado. Ella se giró hacia mí- ¿Por qué dejas que mamá te haga ésto? ¿por qué permites que te trate así? La detesto!!.
-Julia, no… mamá está enferma; no actúa así por placer: necesita ayuda pero no se da cuenta.
-¿Y éso es excusa para hablarte del modo en que lo hace, para gritarte? Pues no lo acepto- volvió a sollozar. Me acerqué a su cama y me senté junto a ella. Le acaricié el cabello tan rubio como yo sabía que Laura lo había tenido a su misma edad.
-Cariño, no estoy diciendo que sea excusable por ello pero debemos mirar de ayudarla en lo máximo posible.
-¿Y cómo la ayudas tú, papá? ¿dejándote pisotear por ella?... ¿y yo: cómo debo ayudarla, eh? ¿cómo?- realmente no sabía qué decir; igual que cada vez que sufría el menosprecio de mi mujer, era tan vulnerable que después, durante largo rato, estaba ausente; falto de reflejos y de perspicacia- Ésto no le pasa a ninguna de mis amigas. Los padres de Marta se llevan muy bien: se nota porque constantemente se sonríen y se besan. Mamá y tú nunca os abrazáis; siempre estáis distanciados: cada uno a la suya… estoy harta!- tenía tanta razón y lo decía con tanta tristeza y convicción que me vinieron ganas de echarme a llorar con ella. Sin embargo, respondí.
-Mira, Julia; cada hogar es un universo; desde fuera nos puede parecer que los demás viven en una nube pero en su interior existen tantos o más problemas de los que podamos tener nosotros- me sentí asquerosamente hipócrita.
-Me da lo mismo. No quiero que mamá siga maltratándote.
-No me maltrata… es sólo que se pone algo nerviosa y yo soy su válvula de escape. Trabajamos muchas horas y acumulamos tensiones: ya ves que no tenemos demasiado tiempo libre y coincidimos muy poco… tampoco a tí te dedicamos lo necesario.
-Pero ella a mí no me alza la voz ni me insulta…
-Claro que no! Julia, tu madre te quiere muchísimo. Jamás se atrevería a hacerte daño.
-Pues si te lo hace a tí es como si me lo hiciera a mí misma; eres mi padre- su elocuencia me dejó desarmado. Abrí los brazos y se acurrucó entre ellos. Lloró largo rato…
Entré con sigilo y subí las escaleras, agradecido de que todo estuviera en la paz de la noche. Pasé al dormitorio y percibí, suave y serena, la respiración de ella en nuestra cama. Como teníamos la calefacción encendida, no necesitábamos dormir demasiado abrigados de modo que Laura sólo llevaba la prenda interior de abajo. Estaba medio destapada y a la luz de la luna que se adentraba por la ventana en un cielo ya despejado, me quedé admirando su perfección, anonadado y abrumado por la excitación que volvía a conmover mi sexo a la vez que extrañado y aburrido de no aprender la lección. Pero era tan sumamente agraciada que no le podía sacar la vista de encima. Todavía sentía el contacto cálido de Magda; sus manos acariciando mi pecho, sus labios besando los míos, su lengua en mi boca… aún me sentía dentro de ella.
Reaccioné de pronto y experimenté el temor de que Laura pudiera percatarse del aroma de otra mujer en mis ropas e incluso en mi piel, de modo que me apresuré en darme una ducha en el baño de la planta baja y dejar las prendas en el cubo de la ropa sucia para que a la mañana siguiente, Sonia las pusiera a lavar.
Finalmente me metí en la cama y miré largo rato a mi esposa: en su sueño se la veía tan feliz y despreocupada con una expresión calmosa y quieta… sentí lástima y arrepentimiento por lo que había hecho y, en silencio, le pedí disculpas aunque era muy sensato y sabía que no iba a ser la primera y última vez. Magda estaría a mi lado dos días después y al siguiente y al otro y así no lograría olvidar lo sucedido y volveríamos a tropezar de nuevo y pese a que en aquellos instantes no me sentía especialmente orgulloso a la vez era consciente de que a la que Laura se mostrara opresora y cruel conmigo, ya no me importaría haber caído en la tentación. Ella también vivía sus historias. No obstante, sí que había una persona en nuestras vidas a la que debíamos pedir perdón; y esa era Julia.
Es una niña muy afectuosa: supongo que no puedo evitar mi amor de padre hacia ella de manera que debo decir que es un encanto de criatura; a parte de que es guapísima y de que tiene una inteligencia y una madurez visiblemente despiertas para su edad, es receptiva y sensible: esto último, un defecto teniendo en cuenta la triste vida familiar que le ha tocado aceptar tanto a gusto como a disgusto. Sí es verdad que, pese a todo, su madre y yo siempre hemos intentado darle el apoyo y el cariño que cualquier hijo necesita pero, al menos yo por mi parte, me siento frustrado por no haberle evitado algunas trifulcas: unas cuantas han sido demasiado fuertes para ella y después de que Laura me hubiese rebajado al nivel del suelo, corría hacia su cuarto donde hallaba a Julia tirada en la cama llorando bajo la almohada. Laura tiene por costumbre salir de casa cuando se descarga conmigo; dejarnos a su hija y a mí y volver al cabo de un par de horas en las que nunca he tenido ni idea de lo que hacía; imagino que pensar y darle vueltas a su cabeza maltrecha y fatigada mientras se pasea por el pueblo; a veces va caminando y otras coge el coche, lo cual me hace sufrir ya que temo que el día menos pensado se estrelle en un ataque de furia; y, en los peores de mis lapsos también he llegado a pensar que para mí, sería lo mejor.
Recuerdo un día en el que Laura se enfadó porque había hablado por teléfono con Mónica, una buena amiga suya de la facultad y había quedado para comer con ella y con su marido sin su consentimiento ni opinión. Pensé que la idea le encantaría pero una vez más, me equivoqué; su mente es tan peligrosa que uno no puede ni permitirse el lujo de decidir algo tan sencillo sin previo aviso. Montó en una cólera tan extrema que incluso Julia bajó consternada, excitada y chillando y con un mar de lágrimas en los ojos le gritó que se callara y que me dejara en paz. Y Laura obedeció: la miró con angustia, después me miró a mí con desdén y se marchó.
Me quedé frente a mi hija que no sabía cómo actuar; en realidad yo tampoco encontraba las palabras justas para tranquilizarla. Doy gracias una y otra vez de que ella no acostumbre por norma a encontrarse en medio de los huracanes. Aquel día no tuvo tanta suerte.
Volvió a subir las escaleras y cerró la puerta con un gran estruendo. Tras ella, subí yo. Estaba en la cama, tendida boca abajo, sollozando:
-Julia, mi vida…
-Déjame- me cortó en voz baja. No entendí. Me quedé allí, mirándola desesperado. Ella se giró hacia mí- ¿Por qué dejas que mamá te haga ésto? ¿por qué permites que te trate así? La detesto!!.
-Julia, no… mamá está enferma; no actúa así por placer: necesita ayuda pero no se da cuenta.
-¿Y éso es excusa para hablarte del modo en que lo hace, para gritarte? Pues no lo acepto- volvió a sollozar. Me acerqué a su cama y me senté junto a ella. Le acaricié el cabello tan rubio como yo sabía que Laura lo había tenido a su misma edad.
-Cariño, no estoy diciendo que sea excusable por ello pero debemos mirar de ayudarla en lo máximo posible.
-¿Y cómo la ayudas tú, papá? ¿dejándote pisotear por ella?... ¿y yo: cómo debo ayudarla, eh? ¿cómo?- realmente no sabía qué decir; igual que cada vez que sufría el menosprecio de mi mujer, era tan vulnerable que después, durante largo rato, estaba ausente; falto de reflejos y de perspicacia- Ésto no le pasa a ninguna de mis amigas. Los padres de Marta se llevan muy bien: se nota porque constantemente se sonríen y se besan. Mamá y tú nunca os abrazáis; siempre estáis distanciados: cada uno a la suya… estoy harta!- tenía tanta razón y lo decía con tanta tristeza y convicción que me vinieron ganas de echarme a llorar con ella. Sin embargo, respondí.
-Mira, Julia; cada hogar es un universo; desde fuera nos puede parecer que los demás viven en una nube pero en su interior existen tantos o más problemas de los que podamos tener nosotros- me sentí asquerosamente hipócrita.
-Me da lo mismo. No quiero que mamá siga maltratándote.
-No me maltrata… es sólo que se pone algo nerviosa y yo soy su válvula de escape. Trabajamos muchas horas y acumulamos tensiones: ya ves que no tenemos demasiado tiempo libre y coincidimos muy poco… tampoco a tí te dedicamos lo necesario.
-Pero ella a mí no me alza la voz ni me insulta…
-Claro que no! Julia, tu madre te quiere muchísimo. Jamás se atrevería a hacerte daño.
-Pues si te lo hace a tí es como si me lo hiciera a mí misma; eres mi padre- su elocuencia me dejó desarmado. Abrí los brazos y se acurrucó entre ellos. Lloró largo rato…
dimecres, 27 de juliol del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Recuerdo que nos acostamos por primera vez, un martes. Fue un día de duro trabajo. Nos quedamos en la clínica hasta las once de la noche. Habíamos tenido más pacientes de los estipulados y además a última hora se me había presentado una urgencia; un hombre de mediana edad había entrado con paro cardíaco. Tuve pues que retrasar un cúmulo de expedientes y a más a más a la mañana siguiente partía hacia Bruselas y debía acabar de preparar la conferencia. Efectivamente, podría haber dejado mi última tasca para cuando llegara a casa pero me sentía más relajado en mi despacho, a la luz de la lámpara alógena y alejado de lo inesperado.
Magda todavía se paseaba por allí y de vez en cuando entraba en la consulta para guardar fichas en el archivador y preguntarme si requería de su ayuda. Estaba especialmente hermosa; o por lo menos a mí me lo pareció. Yo, había telefoneado a Laura para avisarla de mi demora; no se inmutó: es cierto que los dos estamos más que acostumbrados a los retrasos y a las largas noches en el hospital o en la consulta privada por saturación de faena. Una vez más, entró Magda con su tímida sonrisa:
-¿Cómo vamos? ¿has finalizado la charla de mañana?.
-Sí…- me levanté y me quité la bata blanca, colgándola en la percha de la puerta y cogiendo la chaqueta de vestir- Uf! Menuda tardecita, eh!
-Y que lo digas… menos mal que estamos preparados para todo- me miró cariñosamente- ¿Sabes la señora Rosario: a la que pusimos un marcapasos el mes pasado?- asentí descuidadamente, recogiendo la carpeta de encima de la mesa y guardando algunos papeles en mi cartera. Puse el dedo en el interruptor de la lámpara y entonces miré a Magda con interés, esperando a que me explicara- Pues resulta que me ha llamado esta tarde hacia las siete para decirme que no se encuentra bien; que le duele la zona donde le implantaste el aparato y me preguntaba si no era posible que se lo hubieras colocado mal- rió, mostrando sus grandes dientes. También sonreí.
-Bueno… puede que se le haya infectado un poco. ¿Le has dicho que se pase por la clínica?.
-Sí; la he citado para el jueves aunque esta semana la tenemos hasta los topes- levanté la mirada hacia el techo, cómicamente- No te quejes… ya querrían muchos vivir como tú.
-¿Ah, sí? ¿y cómo vivo yo?- mientras esperaba su respuesta, apagué la luz y le cedí el paso, señalando con una mano hacia fuera.
-Pues… ¿cómo te diría, doctor?... digamos que llevas un muy buen nivel de vida.
-Ah…- asentí con la cabeza de nuevo, lentamente y arqueando las cejas en un gesto simpático, añadí- vaya; que soy un maldito médico millonario ¿no?.
-Millonario, sí… maldito, no.
Caminamos juntos, despacio, cruzando la oscura sala de espera tan sólo asomando en ella las luces de emergencia y pasamos por delante de recepción hasta la puerta de salida de la clínica; seguimos bromeando acerca de mi estatus social. Cuando salimos a la calle, un fuerte viento frío nos abofeteó a los dos: en ese preciso instante cayó un rayo seguido de un fuerte trueno que casi pareció sacudir los bloques de pisos que circundaban la gran avenida donde se encontraba nuestro edificio.
-Caramba, qué tormenta se nos viene encima- empezaron a caer pequeñas gotas de agua que aumentaron rápida y progresivamente de tamaño. Miré a Magda que, refugiada en su grueso anorak gris, alzaba la vista al cielo para asegurarse de que la lluvia caía de él. Sentí un súbito impulso de besarla. Como intuyendo mi mirada, bajó los ojos hacia mí y ensanchó los labios en una sonrisa.
-Qué mala pata tengo. Ayer traje paraguas y no cayó ni una gota y hoy, he salido de casa pensando que no me sería necesario con el sol espléndido de la mañana y ahora el tiempo se decide a empeorar.
-Será que te tiene manía…
-Pues va a ser que sí – arrugó la nariz, simpáticamente.
-Bueno: mientras se decide a caer una tromba de agua, te invito a cenar y luego te acerco hasta casa con el coche.
-No me negaré…- de nuevo su hermosa sonrisa provocó en mi cuerpo una excitación que me sorprendió agradablemente.
Cenamos en un bar-restaurante que teníamos justo enfrente de la clínica. Era pequeño pero acogedor y yo lo conocía sobradamente de tomarme un respiro y un café cada tarde cuando llegaba del Agora, antes de continuar con la sesión en la privada.
La comida era buena y los platos bastante abundantes; nos lo dejamos casi todo, más por cansancio que por falta de apetito. Estuvimos hablando sobre el hospital, sobre pacientes, sobre algunos de nuestros compañeros y hacia el final cuando tomábamos el café, la conversación se volvió algo más personal. Magda se quedó callada un rato y le pregunté en qué pensaba:
-En nada… - me miró tímidamente y bajó sus ojos castaños hacia la taza.
-Vamos… siempre hay algo en lo que pensar… no eres una mujer de mente en blanco.
-¿No soy una mujer de mente en blanco?- rió – Original manera de describir un rasgo de mi persona.
-Es positivo…
-Desde luego.
-Venga, dime qué pensabas.
-Es que no resulta fácil decirlo, Jorge…
-¿Ah, no? ¿y eso por qué? ¿es que estás preocupada por algo? Sabes que puedes confiar en mí: hace años que nos conocemos…
-Muchos años… demasiados…
-¿Demasiados? ¿qué quieres decir; es que estás harta de mí? Te trato bien ¿no?- de pronto me sentí como un horrible empresario explotando a su obrera.
-Claro que sí, tonto… no es éso…
-¿Entonces? ¿por dónde van los tiros? Ya sabes que soy un poco lento para captar ciertas cosas.
-Ya… está claro que vives en otro mundo: por muchas señales de humo que se te hagan a lo lejos, no coges ni una- levantó la mirada y noté un brillo extraño en ella- ¿No te das cuenta, verdad?- negué con la cabeza intentando no perder detalle de nada de lo que pudiera decirme- Aix…- suspiró jocosamente- ¿Soy como todas, no?
-¿Como todas? ¿Como quiénes?
-Déjalo, anda… - se quedó seria y me pareció que se sonrojaba. Entendía perfectamente a lo que se refería, claro.
Crucé los brazos encima de la mesa y clavé mis ojos grises en su avergonzado rostro:
-¿Quieres decir si me fijo en tí como en otras mujeres? Pues la respuesta es que no: te veo de un modo especial.
-Claro… como tu ayudante primera; sólo como una de tus colaboradoras que tiene un cargo “algo” más relevante que otras.
Sin quitar mi mirada de ella, entrecerré los ojos:
-Te equivocas; lo que siento por tí no tiene nada que ver con tu trabajo ni con tu cargo.
Sonreí levemente aunque en mi interior se agrandó la sonrisa cuando vi su cara resplandeciente de cierta ilusión.
-Hace tanto tiempo que me gustas; tanto que lo vengo callando… me estaba volviendo loca. Jorge, me siento mal; sé que estás con Laura, que tenéis una hija y que todo ésto está fuera de lugar pero ya no podía reprimirme. Lo paso tan mal cuando estamos juntos y sé que no me perteneces a mí; que por más que mi cuerpo me lo pida, no puedo besarte, acariciarte…- de nuevo bajó la mirada, entonces yo alargué mi mano por encima de la mesa y cogí la suya: grande y fuerte para pertenecer a una mujer; seguí mirándola durante unos segundos.
-Los sentimientos no pueden reprimirse, Magda. No te sientas culpable de nada. Pasamos muchas horas unidos. Yo también me dejo llevar e igualmente debo controlarme. Eres una mujer preciosa- al escuchar mis palabras, parpadeó repetidamente, me lanzó una mirada cohibida y la desvió hacia la mesa de al lado donde empezaba a cenar una pareja que cuchicheaba y reía de vez en cuando. Por supuesto, no les prestaba atención a ellos- No creas que me resulta sencillo apartar mi pensamiento de tí cuando estamos en medio de una intervención y te tengo al lado: ni cuando entras y sales del despacho mientras tengo visitas, aquí en la clínica… trastornas a cualquier hombre- volví a encontrarme con su castaño oscuro en mis pupilas y asentí para dar fiabilidad a lo que le decía.
-Entonces… ¿qué debemos hacer, doctor Manlleu?- estaba tan atractiva justo en aquel momento, con su corto y rizado cabello negro azabache, insinuando un largo cuello, cubierto por un jersey alto de color anaranjado y a la luz de la vela que dejaban en cada mesa para ofrecer un aire más romántico al local, que entonces sí tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no desatarme allí mismo. Me asombré por los impulsos que me empezaban a abrasar el cuerpo y que sentí por primera vez hacia ella de un modo casi salvaje pero también los atribuí al vino que habíamos tomado y que había caído en nuestros estómagos demasiado vacíos. Me dejé arrastrar por el deseo irrefrenable.
-¿Preferirías que fuéramos a otro lugar antes de que te lleve a casa?
-¿Tú qué crees?
Así que la llevé a uno de los mejores hoteles que conocía de las convenciones sobre cardiología que se habían celebrado en la ciudad y allí pasamos dos largas horas durante las que me alegré de conocer su bellísimo cuerpo y con las que disfruté de él. En aquella primera ocasión, apenas hablamos; teníamos la lívido tan subida que tan sólo nos dedicamos a gozar del placer.
Magda todavía se paseaba por allí y de vez en cuando entraba en la consulta para guardar fichas en el archivador y preguntarme si requería de su ayuda. Estaba especialmente hermosa; o por lo menos a mí me lo pareció. Yo, había telefoneado a Laura para avisarla de mi demora; no se inmutó: es cierto que los dos estamos más que acostumbrados a los retrasos y a las largas noches en el hospital o en la consulta privada por saturación de faena. Una vez más, entró Magda con su tímida sonrisa:
-¿Cómo vamos? ¿has finalizado la charla de mañana?.
-Sí…- me levanté y me quité la bata blanca, colgándola en la percha de la puerta y cogiendo la chaqueta de vestir- Uf! Menuda tardecita, eh!
-Y que lo digas… menos mal que estamos preparados para todo- me miró cariñosamente- ¿Sabes la señora Rosario: a la que pusimos un marcapasos el mes pasado?- asentí descuidadamente, recogiendo la carpeta de encima de la mesa y guardando algunos papeles en mi cartera. Puse el dedo en el interruptor de la lámpara y entonces miré a Magda con interés, esperando a que me explicara- Pues resulta que me ha llamado esta tarde hacia las siete para decirme que no se encuentra bien; que le duele la zona donde le implantaste el aparato y me preguntaba si no era posible que se lo hubieras colocado mal- rió, mostrando sus grandes dientes. También sonreí.
-Bueno… puede que se le haya infectado un poco. ¿Le has dicho que se pase por la clínica?.
-Sí; la he citado para el jueves aunque esta semana la tenemos hasta los topes- levanté la mirada hacia el techo, cómicamente- No te quejes… ya querrían muchos vivir como tú.
-¿Ah, sí? ¿y cómo vivo yo?- mientras esperaba su respuesta, apagué la luz y le cedí el paso, señalando con una mano hacia fuera.
-Pues… ¿cómo te diría, doctor?... digamos que llevas un muy buen nivel de vida.
-Ah…- asentí con la cabeza de nuevo, lentamente y arqueando las cejas en un gesto simpático, añadí- vaya; que soy un maldito médico millonario ¿no?.
-Millonario, sí… maldito, no.
Caminamos juntos, despacio, cruzando la oscura sala de espera tan sólo asomando en ella las luces de emergencia y pasamos por delante de recepción hasta la puerta de salida de la clínica; seguimos bromeando acerca de mi estatus social. Cuando salimos a la calle, un fuerte viento frío nos abofeteó a los dos: en ese preciso instante cayó un rayo seguido de un fuerte trueno que casi pareció sacudir los bloques de pisos que circundaban la gran avenida donde se encontraba nuestro edificio.
-Caramba, qué tormenta se nos viene encima- empezaron a caer pequeñas gotas de agua que aumentaron rápida y progresivamente de tamaño. Miré a Magda que, refugiada en su grueso anorak gris, alzaba la vista al cielo para asegurarse de que la lluvia caía de él. Sentí un súbito impulso de besarla. Como intuyendo mi mirada, bajó los ojos hacia mí y ensanchó los labios en una sonrisa.
-Qué mala pata tengo. Ayer traje paraguas y no cayó ni una gota y hoy, he salido de casa pensando que no me sería necesario con el sol espléndido de la mañana y ahora el tiempo se decide a empeorar.
-Será que te tiene manía…
-Pues va a ser que sí – arrugó la nariz, simpáticamente.
-Bueno: mientras se decide a caer una tromba de agua, te invito a cenar y luego te acerco hasta casa con el coche.
-No me negaré…- de nuevo su hermosa sonrisa provocó en mi cuerpo una excitación que me sorprendió agradablemente.
Cenamos en un bar-restaurante que teníamos justo enfrente de la clínica. Era pequeño pero acogedor y yo lo conocía sobradamente de tomarme un respiro y un café cada tarde cuando llegaba del Agora, antes de continuar con la sesión en la privada.
La comida era buena y los platos bastante abundantes; nos lo dejamos casi todo, más por cansancio que por falta de apetito. Estuvimos hablando sobre el hospital, sobre pacientes, sobre algunos de nuestros compañeros y hacia el final cuando tomábamos el café, la conversación se volvió algo más personal. Magda se quedó callada un rato y le pregunté en qué pensaba:
-En nada… - me miró tímidamente y bajó sus ojos castaños hacia la taza.
-Vamos… siempre hay algo en lo que pensar… no eres una mujer de mente en blanco.
-¿No soy una mujer de mente en blanco?- rió – Original manera de describir un rasgo de mi persona.
-Es positivo…
-Desde luego.
-Venga, dime qué pensabas.
-Es que no resulta fácil decirlo, Jorge…
-¿Ah, no? ¿y eso por qué? ¿es que estás preocupada por algo? Sabes que puedes confiar en mí: hace años que nos conocemos…
-Muchos años… demasiados…
-¿Demasiados? ¿qué quieres decir; es que estás harta de mí? Te trato bien ¿no?- de pronto me sentí como un horrible empresario explotando a su obrera.
-Claro que sí, tonto… no es éso…
-¿Entonces? ¿por dónde van los tiros? Ya sabes que soy un poco lento para captar ciertas cosas.
-Ya… está claro que vives en otro mundo: por muchas señales de humo que se te hagan a lo lejos, no coges ni una- levantó la mirada y noté un brillo extraño en ella- ¿No te das cuenta, verdad?- negué con la cabeza intentando no perder detalle de nada de lo que pudiera decirme- Aix…- suspiró jocosamente- ¿Soy como todas, no?
-¿Como todas? ¿Como quiénes?
-Déjalo, anda… - se quedó seria y me pareció que se sonrojaba. Entendía perfectamente a lo que se refería, claro.
Crucé los brazos encima de la mesa y clavé mis ojos grises en su avergonzado rostro:
-¿Quieres decir si me fijo en tí como en otras mujeres? Pues la respuesta es que no: te veo de un modo especial.
-Claro… como tu ayudante primera; sólo como una de tus colaboradoras que tiene un cargo “algo” más relevante que otras.
Sin quitar mi mirada de ella, entrecerré los ojos:
-Te equivocas; lo que siento por tí no tiene nada que ver con tu trabajo ni con tu cargo.
Sonreí levemente aunque en mi interior se agrandó la sonrisa cuando vi su cara resplandeciente de cierta ilusión.
-Hace tanto tiempo que me gustas; tanto que lo vengo callando… me estaba volviendo loca. Jorge, me siento mal; sé que estás con Laura, que tenéis una hija y que todo ésto está fuera de lugar pero ya no podía reprimirme. Lo paso tan mal cuando estamos juntos y sé que no me perteneces a mí; que por más que mi cuerpo me lo pida, no puedo besarte, acariciarte…- de nuevo bajó la mirada, entonces yo alargué mi mano por encima de la mesa y cogí la suya: grande y fuerte para pertenecer a una mujer; seguí mirándola durante unos segundos.
-Los sentimientos no pueden reprimirse, Magda. No te sientas culpable de nada. Pasamos muchas horas unidos. Yo también me dejo llevar e igualmente debo controlarme. Eres una mujer preciosa- al escuchar mis palabras, parpadeó repetidamente, me lanzó una mirada cohibida y la desvió hacia la mesa de al lado donde empezaba a cenar una pareja que cuchicheaba y reía de vez en cuando. Por supuesto, no les prestaba atención a ellos- No creas que me resulta sencillo apartar mi pensamiento de tí cuando estamos en medio de una intervención y te tengo al lado: ni cuando entras y sales del despacho mientras tengo visitas, aquí en la clínica… trastornas a cualquier hombre- volví a encontrarme con su castaño oscuro en mis pupilas y asentí para dar fiabilidad a lo que le decía.
-Entonces… ¿qué debemos hacer, doctor Manlleu?- estaba tan atractiva justo en aquel momento, con su corto y rizado cabello negro azabache, insinuando un largo cuello, cubierto por un jersey alto de color anaranjado y a la luz de la vela que dejaban en cada mesa para ofrecer un aire más romántico al local, que entonces sí tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no desatarme allí mismo. Me asombré por los impulsos que me empezaban a abrasar el cuerpo y que sentí por primera vez hacia ella de un modo casi salvaje pero también los atribuí al vino que habíamos tomado y que había caído en nuestros estómagos demasiado vacíos. Me dejé arrastrar por el deseo irrefrenable.
-¿Preferirías que fuéramos a otro lugar antes de que te lleve a casa?
-¿Tú qué crees?
Así que la llevé a uno de los mejores hoteles que conocía de las convenciones sobre cardiología que se habían celebrado en la ciudad y allí pasamos dos largas horas durante las que me alegré de conocer su bellísimo cuerpo y con las que disfruté de él. En aquella primera ocasión, apenas hablamos; teníamos la lívido tan subida que tan sólo nos dedicamos a gozar del placer.
dimarts, 19 de juliol del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Ahora, mientras escribo estas líneas y recuerdo aquel día, siento compasión de mí mismo; la sentí entonces pero realmente no te das cuenta de las cosas hasta que no pasa el tiempo y miras hacia atrás para cerciorarte de que verdaderamente ocurrieron y para preguntarte por qué permitiste que así fuera, en contra de tu voluntad. Dicen que el amor no tiene fronteras y debería ser cierto porque sino, no encuentro respuesta a mi obediencia y a mi carácter sumiso después de tanto odio y despotismo recibido a cambio. Es ridículo, me he repetido una y mil veces a lo largo de mi vida junto a Laura, que un hombre de mis características y con mi cargo de responsabilidad, se reduzca a tan poco en su mundo personal y familiar; pero he ido asumiendo que, quizás como muchos, soy dos personas diferentes encerradas en un mismo cuerpo: el Jorge atrevido, inteligente, receptivo, práctico, eficiente y respetado en su vida laboral y el Jorge introvertido, débil, vulnerable, febril y entregado en su vida particular. Es de este modo y no puedo evitarlo.
El hecho es que, actualmente y desde hace largos meses, sí mantengo una relación con Magda; si volviéramos a discutir Laura y yo, podría darle la razón al cien por ciento y puede que su estallido de histrionismo estuviera completamente justificado.
Con esta mujer me siento a gusto: cuando estamos juntos en nuestras salidas clandestinas después de dejar la clínica o bien cuando aprovechamos una simple hora de comida y nos encontramos en un hotel, estoy abierto y relajado. Charlamos animadamente; a veces del trabajo y en muchas ocasiones, de ella; de sus conflictos; pero en general es una persona muy optimista. Yo, procuro hablar lo mínimo acerca de mí y aunque me pregunta e intenta averiguar de mi pasado y de mi cotidianidad, casi siempre me mantengo huraño al respecto y desiste rápidamente como si intuyera que pisa terreno ajeno.
Hacemos el amor lenta y apasionadamente. Nunca una queja, jamás una recriminación. Ella es libre pero sabe que yo no… y seguramente es consciente, por mucho que le cueste admitirlo, de que estoy enamorado de mi esposa.
Creo que fue Magda la que dio el primer paso. Cuatro años después de mi supuesta relación con ella y tras un largo tiempo de nuestro café de consuelo cuando aquel día la hallé llorando, empezó a mostrarse más cercana; sí que me di cuenta claramente entonces, de que se arreglaba mucho; es una mujer de una belleza un tanto exótica y sabía maquillar perfectamente sus rasgos más destacados: los labios, de una sensualidad que no me pasó desapercibida en su momento: qué hombre no está despierto al sexo por muy saturado que se encuentre o por más nefasta que sea su vida… la tendencia no nos abandona.
El hecho es que, actualmente y desde hace largos meses, sí mantengo una relación con Magda; si volviéramos a discutir Laura y yo, podría darle la razón al cien por ciento y puede que su estallido de histrionismo estuviera completamente justificado.
Con esta mujer me siento a gusto: cuando estamos juntos en nuestras salidas clandestinas después de dejar la clínica o bien cuando aprovechamos una simple hora de comida y nos encontramos en un hotel, estoy abierto y relajado. Charlamos animadamente; a veces del trabajo y en muchas ocasiones, de ella; de sus conflictos; pero en general es una persona muy optimista. Yo, procuro hablar lo mínimo acerca de mí y aunque me pregunta e intenta averiguar de mi pasado y de mi cotidianidad, casi siempre me mantengo huraño al respecto y desiste rápidamente como si intuyera que pisa terreno ajeno.
Hacemos el amor lenta y apasionadamente. Nunca una queja, jamás una recriminación. Ella es libre pero sabe que yo no… y seguramente es consciente, por mucho que le cueste admitirlo, de que estoy enamorado de mi esposa.
Creo que fue Magda la que dio el primer paso. Cuatro años después de mi supuesta relación con ella y tras un largo tiempo de nuestro café de consuelo cuando aquel día la hallé llorando, empezó a mostrarse más cercana; sí que me di cuenta claramente entonces, de que se arreglaba mucho; es una mujer de una belleza un tanto exótica y sabía maquillar perfectamente sus rasgos más destacados: los labios, de una sensualidad que no me pasó desapercibida en su momento: qué hombre no está despierto al sexo por muy saturado que se encuentre o por más nefasta que sea su vida… la tendencia no nos abandona.
dilluns, 16 de maig del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
No sé cuánto rato debí quedarme de pie, en absoluto desconcierto psíquico. Era todo tan surrealista… Laura había enloquecido por algo que no tenía nada que ver con la realidad. En aquel instante, me prometí pillar al hijo de puta que hubiera corrido la voz de un falso idilio entre Magda y yo y arrancarle las entrañas; aunque se tratara de una mujer, lo más probable; alguna de sus, también enfermeras confidentes. Tras esos minutos que transcurrieron, me dirigí a la cocina como un muerto viviente, cogí la fregona, la escoba y el recogedor y me dediqué a limpiar el estropicio del jarrón. Sonreí imbécilmente; era el segundo que recogía del suelo; el anterior no había volado hacia la pared pasando junto a mi cabeza pero también había sido hecho añicos contra el suelo en otro de sus arranques… no recordaba ni el motivo.
Cuando acabé de ordenar, me senté en el mismo sillón de orejas donde Laura, cogí el vaso caído y me quedé en blanco casi toda la noche. Desde la una de la madrugada hasta las seis y media de la mañana cuando con los ojos secos y una terrible migraña, decidí que debía asearme para dirigirme al hospital. Un día más… un día menos.
Tuve que subir a mi habitación a por ropa limpia. Cuando entré, la encontré de pie junto al espejo con marco de madera de Elliotis que tenemos frente a la cama. Se estaba mirando con detenimiento en él, repasando su cuerpo entero y en cuanto me vio, dio media vuelta y entró en el lavabo. Yo me dirigí al armario empotrado y saqué de él un pantalón de traje, marrón oscuro, una camisa de popelina, de manga larga, marrón claro y mis zapatos de Taillissime. Luego hurgué en el cajón de la ropa interior y cuando hallé la pertinente, desaparecí lo más rápido posible.
Me duché y me afeité en el lavabo de la planta baja… no podía soportar la presencia de Laura a mi lado; no hubiera podido, bajo ningún concepto, aguantarle la mirada más de un segundo.
Normalmente, pese a que cada uno tiene su horario y, por lo tanto, debemos coger los dos coches, acostumbramos a marchar juntos puesto que al fin y al cabo trabajamos en las mismas instalaciones durante parte del día. Aquella mañana, en cambio, ella se fue antes que yo, mientras me tomaba una taza de café en la cocina.
Cuando cogí mi maletín de piel oscura y pasé por delante del recibidor, antes de abrir la puerta me detuve ante el espejo de dos metros dos de alto y esta vez, me observé yo mismo; tenía el semblante de una tonalidad olivácea, la propia de un cutis moreno en la estación de otoño: mis facciones se me antojaron más chupadas de lo habitual y bajo mis ojos, adormilados y agotadísimos, se dibujaban unas enormes ojeras grisáceas que daban a mi rostro un aspecto realmente horrible. Casi al marcharme reparé en una pequeña nota encima del mueble; evidentemente la había dejado Laura antes de irse. Decía, con su pulcra y redondeada letra: “Recuerda que Julia sale a las siete de danza”. Era miércoles, la única tarde a la semana a parte del viernes que, por entonces y de vez en cuando, tenía libre a partir de las seis. Ahora acostumbro a trabajar hasta las nueve de la noche, de lunes a jueves.
Supongo que, lógicamente por mi estado anímico, aquella jornada me resultó mucho más dura que de costumbre; se me presentaron dos casos de ablación ( esta intervención tiene como finalidad el solventar algún tipo de arritmias cardíacas provocadas en ese caso, por fibrilación auricular: se introduce un catéter por la ingle del paciente, en la vena izquierda del corazón y se accede a través de la punción del septo a la misma aurícula izquierda, aplicándose una serie de descargas de energía por radiofrecuencia destinadas a modificar los circuitos eléctricos que provocan las alteraciones ): evidentemente me encanta mi trabajo y más cuando éste se relaciona con mis investigaciones y las de mi equipo, acerca de pequeñas mutaciones en las afecciones cardiacas; más concretamente en el marco de la arritmia que es mi especialidad. También me encontré con un marcapasos y tuve que reanimar a una mujer de sesenta años que estaba a cargo del Dr. Bolós a la espera de un by-pass que justo sufrió un desvanecimiento cuando pasaba por delante de su habitación.
Fue una mañana de acentuadas carreras de la séptima planta, donde yo suelo trabajar, a la tercera, donde tenemos los equipos, cada vez más sofisticados. La ciencia y su tecnología avanzan a pasos agigantados y en la medicina los progresos son asombrosos en la mayoría de los campos.
Cuando entré en el vestuario para cambiarme la ropa de calle por la indumentaria verde del hospital, me encontré con mis compañeros, algunos de los cuales habían venido a la cena la noche anterior y al verme, hicieron bromas sobre mi aspecto:
-Dr. Manlleu ¿dónde estuvo usted anoche? Menuda cara nos trae… Se ve que uno ya no sabe mantener el tipo después de una cena informal… ¿o es que ha trasnochado?... bueno, éso ya no es asunto nuestro… pero que sepa que esas ojeras le delatan…
Todos rieron la gracia y yo tuve que sonreír para no evidenciar la enorme frustración que pesaba sobre mí. Al fin y al cabo, era mejor imaginar que mi mala cara era producto de una larga noche de lujuria y no de jarrones estrellados.
Cuando salieron de la sala, me quedé sentado sobre el banco, junto a la taquilla, con los codos encima de las rodillas. Oculté la cara entre mis manos y lloré amargamente, deseando que no entrara nadie en aquel momento.
Cuando acabé de ordenar, me senté en el mismo sillón de orejas donde Laura, cogí el vaso caído y me quedé en blanco casi toda la noche. Desde la una de la madrugada hasta las seis y media de la mañana cuando con los ojos secos y una terrible migraña, decidí que debía asearme para dirigirme al hospital. Un día más… un día menos.
Tuve que subir a mi habitación a por ropa limpia. Cuando entré, la encontré de pie junto al espejo con marco de madera de Elliotis que tenemos frente a la cama. Se estaba mirando con detenimiento en él, repasando su cuerpo entero y en cuanto me vio, dio media vuelta y entró en el lavabo. Yo me dirigí al armario empotrado y saqué de él un pantalón de traje, marrón oscuro, una camisa de popelina, de manga larga, marrón claro y mis zapatos de Taillissime. Luego hurgué en el cajón de la ropa interior y cuando hallé la pertinente, desaparecí lo más rápido posible.
Me duché y me afeité en el lavabo de la planta baja… no podía soportar la presencia de Laura a mi lado; no hubiera podido, bajo ningún concepto, aguantarle la mirada más de un segundo.
Normalmente, pese a que cada uno tiene su horario y, por lo tanto, debemos coger los dos coches, acostumbramos a marchar juntos puesto que al fin y al cabo trabajamos en las mismas instalaciones durante parte del día. Aquella mañana, en cambio, ella se fue antes que yo, mientras me tomaba una taza de café en la cocina.
Cuando cogí mi maletín de piel oscura y pasé por delante del recibidor, antes de abrir la puerta me detuve ante el espejo de dos metros dos de alto y esta vez, me observé yo mismo; tenía el semblante de una tonalidad olivácea, la propia de un cutis moreno en la estación de otoño: mis facciones se me antojaron más chupadas de lo habitual y bajo mis ojos, adormilados y agotadísimos, se dibujaban unas enormes ojeras grisáceas que daban a mi rostro un aspecto realmente horrible. Casi al marcharme reparé en una pequeña nota encima del mueble; evidentemente la había dejado Laura antes de irse. Decía, con su pulcra y redondeada letra: “Recuerda que Julia sale a las siete de danza”. Era miércoles, la única tarde a la semana a parte del viernes que, por entonces y de vez en cuando, tenía libre a partir de las seis. Ahora acostumbro a trabajar hasta las nueve de la noche, de lunes a jueves.
Supongo que, lógicamente por mi estado anímico, aquella jornada me resultó mucho más dura que de costumbre; se me presentaron dos casos de ablación ( esta intervención tiene como finalidad el solventar algún tipo de arritmias cardíacas provocadas en ese caso, por fibrilación auricular: se introduce un catéter por la ingle del paciente, en la vena izquierda del corazón y se accede a través de la punción del septo a la misma aurícula izquierda, aplicándose una serie de descargas de energía por radiofrecuencia destinadas a modificar los circuitos eléctricos que provocan las alteraciones ): evidentemente me encanta mi trabajo y más cuando éste se relaciona con mis investigaciones y las de mi equipo, acerca de pequeñas mutaciones en las afecciones cardiacas; más concretamente en el marco de la arritmia que es mi especialidad. También me encontré con un marcapasos y tuve que reanimar a una mujer de sesenta años que estaba a cargo del Dr. Bolós a la espera de un by-pass que justo sufrió un desvanecimiento cuando pasaba por delante de su habitación.
Fue una mañana de acentuadas carreras de la séptima planta, donde yo suelo trabajar, a la tercera, donde tenemos los equipos, cada vez más sofisticados. La ciencia y su tecnología avanzan a pasos agigantados y en la medicina los progresos son asombrosos en la mayoría de los campos.
Cuando entré en el vestuario para cambiarme la ropa de calle por la indumentaria verde del hospital, me encontré con mis compañeros, algunos de los cuales habían venido a la cena la noche anterior y al verme, hicieron bromas sobre mi aspecto:
-Dr. Manlleu ¿dónde estuvo usted anoche? Menuda cara nos trae… Se ve que uno ya no sabe mantener el tipo después de una cena informal… ¿o es que ha trasnochado?... bueno, éso ya no es asunto nuestro… pero que sepa que esas ojeras le delatan…
Todos rieron la gracia y yo tuve que sonreír para no evidenciar la enorme frustración que pesaba sobre mí. Al fin y al cabo, era mejor imaginar que mi mala cara era producto de una larga noche de lujuria y no de jarrones estrellados.
Cuando salieron de la sala, me quedé sentado sobre el banco, junto a la taquilla, con los codos encima de las rodillas. Oculté la cara entre mis manos y lloré amargamente, deseando que no entrara nadie en aquel momento.
dijous, 28 d’abril del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Mi mirada aterrizó sobre la extensa alfombra de Crevillente de lana de color beige que descansaba bajo el peso del sofá y del sillón donde estaba Laura. Había penumbra en la sala; tan sólo alumbraba parte de ésta el pie rústico del salón, marrón óxido a un extremo del comedor, al lado del mueble. En las paredes color crema, se vislumbraban las sombras de algunos pequeños cuadros paisajísticos y de un bodegón colgado en la pared frente a la puerta. Quedé meditativo unos segundos y cuando ella se volvió hacia delante, yo aproveché para bajar la persiana y correr la cortina de estilo Nikei, color crudo que abarca casi toda la anchura del comedor. Escuché un leve suspiro y enseguida oí su voz:
-Así… ¿no piensas explicarme qué tipo de relación mantienes con Magda?.
-Laura, cariño ¿qué tipo de relación supones que mantengo con ella?. Es una buena compañera; hace años que trabajamos juntos, lo sabes desde siempre. Nos llevamos bien… no es más que éso.
-¿Me tomas por estúpida, verdad?- giró la cara y alzó la mirada hacia mí; me estremecieron sus ojos helados. Enseguida noté recorrer por mis venas aquel frío que me era tan desapaciblemente familiar y a continuación, presentí la parálisis en mis extremidades: aunque podía moverme, me resultaba totalmente imposible.
-Pero… ¿por qué? Claro que no te tomo por estúpida… Laura, no sé hasta dónde pretendes llegar. Entre Magda y yo no hay nada; sólo somos colegas y punto. Lo mismo que Peralta y tú- pronuncié el nombre clave porque de pronto adoptó una expresión desconcertada tal y como si pretendiera aclarar ella misma sus dudas.
-¿Peralta? ¿qué relación crees que tengo con él, eh? ¿insinúas que soy yo la que mantiene una aventura?.
-Oh, Dios mío, no… no he dicho éso. No compliques las cosas. Sólo quiero decir que las relaciones diarias en el hospital comportan buena armonía, ya está…
-¿Buena armonía? Yo creo que en tu caso hay mucho más… Me he dado cuenta de cómo te ha mirado durante toda la noche y de cómo te sonreía cuando tú la mirabas a ella. Podríais haber sido más decorosos, teniendo en cuenta que su marido y yo estábamos delante- ¿Magda me había mirado con lascivia? ¿a éso se refería? Mi ignorancia llegaba mucho más lejos de lo que yo pensaba.
-Pero…
-¿Para qué me insististe en que fuera a la cena? ¿pretendías que me diera cuenta de que llevas una doble vida? ¿de que con esa mujer tienes algo que conmigo no llenas?.
-¿Qué estás diciendo?.
-Oh, vamos Jorge… no te hagas el tonto!! Puede que no tengamos ningún tipo de relación en el Agora durante el día pero no implica que no se hable y no me lleguen comentarios. No vivo en una nube… Las personas inteligentes, saben actuar con prudencia- de modo que “alguien” había estado chismorreando por ahí que Magda y yo manteníamos relaciones.
-¿Quién te ha dicho que ella y yo estamos liados?
-¿Y qué importa? Maldita sea; es cierto y me es suficiente ¿de acuerdo?- se levantó del asiento con una ira descontrolada, tirando el vaso por el suelo, que había dejado sobre el brazo del sillón. Ni me había dado cuenta de que estaba vacío. Hasta entonces, su voz era medianamente relajada pero en ese momento subió tres tonos por encima de lo normal. Me espantó. A partir de ahí, empezaron sus razonamientos con improperios incluidos, al margen de mis explicaciones; de hecho, inexistentes.- Eres un cerdo! Un machista asqueroso! ¿No tienes suficiente conmigo? ¿has de follar con otra para sentirte más hombre? Sólo un mierda es capaz de callar en casa y salir a buscarse la vida fuera- escupía, literalmente, al paso que soltaba toda la rabia que sentía hacia mí. Daba vueltas por el comedor como si estuviera poseída y necesitara deshacerse de sus demonios: movía compulsivamente las manos y yo, me mantenía en mi sitio, reducido e inmóvil- ¿Sabes? El otro día vino a mi consulta una mujer de mi edad con un grave trastorno depresivo. Me contó que sabía que su marido le era infiel y que el muy cabrón hacía el amor con su amante en su propia casa. Le tuve que recetar Paroxetina- este fármaco pertenece al ISRS que es un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina, adecuado para enfermos de depresión- y la persuadí para que se preste a una terapia de apoyo. Tenía el ánimo por los suelos y yo, debiendo consolarla… ¿sabes lo que pensé?... que resultaba grotesco el hecho de que todo lo que le decía; todas las recomendaciones que le soltaba, tendría que aplicármelas a mí misma: sí, porque mi marido también me engaña con otra y he debido tragármelo hasta que esta noche, tu querida compañerita- levantó los dedos índice y corazón de las dos manos y los dobló con violencia un par de veces como para incluir el término entre comillas- se ha prestado abiertamente a insinuarme vuestra…- fijó la mirada en el suelo, buscando con desesperación a lo mejor en él, aquel vocablo que se ajustara más adecuadamente a sus sentimientos- … repugnante relación que me olía hacía tiempo. Mierda! No quería creerlo pero al final ha tenido que ser así ¿verdad?- pegó una patada a una de las sillas de la mesa y ésta se arrastró unos centímetros por encima del parqué con un chirrido que casi pareció un gemido. De pronto, me miró a los ojos y en sus mares de cristal observé un destello de fuego que me atemorizó- Dime algo, quieres!
-Yo… yo- empecé a balbucir tal cual fuera un niño tartamudo que no encontraba el modo de comunicarse ante la profesora y percibiendo la sonrisa oculta del resto de los alumnos.
-No sabes ni hablar… tú, el gran médico cardiólogo al que todos admiran… y en casa no eres más que un vulgar pedazo de carne: ¿qué dirían si te vieran ahora todos tus colegas, eh?: “fíjate, el Dr. Manlleu, el adúltero, se acojona ante su esposa cuando le pide explicaciones”. Magda debe de estar muy impresionada contigo por tu elegante y razonable forma de conversar; apostaría que se corre en las bragas cada vez que abres la boca delante de los demás… su amante, el hombre perfecto… ja!- me turbaba su vulgaridad; realmente Laura no acostumbra a ser una mujer de malas palabras; con Julia jamás ha mostrado un mal vocabulario: directamente con ella, no; a través de mí, por desgracia, sí. Decía todo esto gesticulando de un modo caricaturesco aunque en realidad la escena no tuviera ninguna gracia. Continuó sin ningún tipo de piedad- Ya le contaré yo unas cuantas cosas acerca de ti; posiblemente se dé cuenta del tipo de hombre que eres… ¿querrías?- la verdad es que no se me ocurría a qué tipo de cosas se refería y supuse que sus amenazas infundadas eran parte de su delirio. Aún así, me atreví a preguntarle.
-¿Qué cosas? Laura… no tiene sentido nada de lo que dices… no tengo ninguna relación extra- matrimonial con Magda… por favor, créeme.
Se quedó quieta sin quitarme la mirada de encima. No supe adivinar qué le pasaba por la mente hasta que de pronto, como a cámara lenta, la vi girarse y coger el jarrón de flores de encima de la mesa; tuve tiempo de apartarme por puro reflejo cuando éste me pasó rozando la oreja izquierda, estrellándose contra el estrecho trozo de pared que quedaba junto a la ventana, detrás de mí. Luego, cayó en mil pedazos sobre el mueble auxiliar de la esquina.
-Te odio, te odio!!- se abalanzó sobre mí y no tuve tiempo de parar la primera bofetada que me dio de lleno. A continuación, intentó pegarme de nuevo pero esta vez sí que puede detenerle la mano.
-Laura, mi vida, cálmate… cálmate… no pasa nada, ya está- ella luchaba por deshacerse de mí.
-Déjame!!- se retiró con un largo paso hacia atrás; tenía las mejillas llenas de lágrimas negras que resbalaban robándole el rimel de las pestañas.
Corrió hacia la puerta del salón y desapareció, escaleras arriba; escuché sus acelerados pasos hasta nuestra habitación y después, un portazo seco. Allí me quedé con la cara que me palpitaba por el manotazo y sin saber qué pensar. Me hervía el cerebro: notaba que me temblaban las piernas y el corazón me latía al menos a 130 pulsaciones por minuto.
-Así… ¿no piensas explicarme qué tipo de relación mantienes con Magda?.
-Laura, cariño ¿qué tipo de relación supones que mantengo con ella?. Es una buena compañera; hace años que trabajamos juntos, lo sabes desde siempre. Nos llevamos bien… no es más que éso.
-¿Me tomas por estúpida, verdad?- giró la cara y alzó la mirada hacia mí; me estremecieron sus ojos helados. Enseguida noté recorrer por mis venas aquel frío que me era tan desapaciblemente familiar y a continuación, presentí la parálisis en mis extremidades: aunque podía moverme, me resultaba totalmente imposible.
-Pero… ¿por qué? Claro que no te tomo por estúpida… Laura, no sé hasta dónde pretendes llegar. Entre Magda y yo no hay nada; sólo somos colegas y punto. Lo mismo que Peralta y tú- pronuncié el nombre clave porque de pronto adoptó una expresión desconcertada tal y como si pretendiera aclarar ella misma sus dudas.
-¿Peralta? ¿qué relación crees que tengo con él, eh? ¿insinúas que soy yo la que mantiene una aventura?.
-Oh, Dios mío, no… no he dicho éso. No compliques las cosas. Sólo quiero decir que las relaciones diarias en el hospital comportan buena armonía, ya está…
-¿Buena armonía? Yo creo que en tu caso hay mucho más… Me he dado cuenta de cómo te ha mirado durante toda la noche y de cómo te sonreía cuando tú la mirabas a ella. Podríais haber sido más decorosos, teniendo en cuenta que su marido y yo estábamos delante- ¿Magda me había mirado con lascivia? ¿a éso se refería? Mi ignorancia llegaba mucho más lejos de lo que yo pensaba.
-Pero…
-¿Para qué me insististe en que fuera a la cena? ¿pretendías que me diera cuenta de que llevas una doble vida? ¿de que con esa mujer tienes algo que conmigo no llenas?.
-¿Qué estás diciendo?.
-Oh, vamos Jorge… no te hagas el tonto!! Puede que no tengamos ningún tipo de relación en el Agora durante el día pero no implica que no se hable y no me lleguen comentarios. No vivo en una nube… Las personas inteligentes, saben actuar con prudencia- de modo que “alguien” había estado chismorreando por ahí que Magda y yo manteníamos relaciones.
-¿Quién te ha dicho que ella y yo estamos liados?
-¿Y qué importa? Maldita sea; es cierto y me es suficiente ¿de acuerdo?- se levantó del asiento con una ira descontrolada, tirando el vaso por el suelo, que había dejado sobre el brazo del sillón. Ni me había dado cuenta de que estaba vacío. Hasta entonces, su voz era medianamente relajada pero en ese momento subió tres tonos por encima de lo normal. Me espantó. A partir de ahí, empezaron sus razonamientos con improperios incluidos, al margen de mis explicaciones; de hecho, inexistentes.- Eres un cerdo! Un machista asqueroso! ¿No tienes suficiente conmigo? ¿has de follar con otra para sentirte más hombre? Sólo un mierda es capaz de callar en casa y salir a buscarse la vida fuera- escupía, literalmente, al paso que soltaba toda la rabia que sentía hacia mí. Daba vueltas por el comedor como si estuviera poseída y necesitara deshacerse de sus demonios: movía compulsivamente las manos y yo, me mantenía en mi sitio, reducido e inmóvil- ¿Sabes? El otro día vino a mi consulta una mujer de mi edad con un grave trastorno depresivo. Me contó que sabía que su marido le era infiel y que el muy cabrón hacía el amor con su amante en su propia casa. Le tuve que recetar Paroxetina- este fármaco pertenece al ISRS que es un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina, adecuado para enfermos de depresión- y la persuadí para que se preste a una terapia de apoyo. Tenía el ánimo por los suelos y yo, debiendo consolarla… ¿sabes lo que pensé?... que resultaba grotesco el hecho de que todo lo que le decía; todas las recomendaciones que le soltaba, tendría que aplicármelas a mí misma: sí, porque mi marido también me engaña con otra y he debido tragármelo hasta que esta noche, tu querida compañerita- levantó los dedos índice y corazón de las dos manos y los dobló con violencia un par de veces como para incluir el término entre comillas- se ha prestado abiertamente a insinuarme vuestra…- fijó la mirada en el suelo, buscando con desesperación a lo mejor en él, aquel vocablo que se ajustara más adecuadamente a sus sentimientos- … repugnante relación que me olía hacía tiempo. Mierda! No quería creerlo pero al final ha tenido que ser así ¿verdad?- pegó una patada a una de las sillas de la mesa y ésta se arrastró unos centímetros por encima del parqué con un chirrido que casi pareció un gemido. De pronto, me miró a los ojos y en sus mares de cristal observé un destello de fuego que me atemorizó- Dime algo, quieres!
-Yo… yo- empecé a balbucir tal cual fuera un niño tartamudo que no encontraba el modo de comunicarse ante la profesora y percibiendo la sonrisa oculta del resto de los alumnos.
-No sabes ni hablar… tú, el gran médico cardiólogo al que todos admiran… y en casa no eres más que un vulgar pedazo de carne: ¿qué dirían si te vieran ahora todos tus colegas, eh?: “fíjate, el Dr. Manlleu, el adúltero, se acojona ante su esposa cuando le pide explicaciones”. Magda debe de estar muy impresionada contigo por tu elegante y razonable forma de conversar; apostaría que se corre en las bragas cada vez que abres la boca delante de los demás… su amante, el hombre perfecto… ja!- me turbaba su vulgaridad; realmente Laura no acostumbra a ser una mujer de malas palabras; con Julia jamás ha mostrado un mal vocabulario: directamente con ella, no; a través de mí, por desgracia, sí. Decía todo esto gesticulando de un modo caricaturesco aunque en realidad la escena no tuviera ninguna gracia. Continuó sin ningún tipo de piedad- Ya le contaré yo unas cuantas cosas acerca de ti; posiblemente se dé cuenta del tipo de hombre que eres… ¿querrías?- la verdad es que no se me ocurría a qué tipo de cosas se refería y supuse que sus amenazas infundadas eran parte de su delirio. Aún así, me atreví a preguntarle.
-¿Qué cosas? Laura… no tiene sentido nada de lo que dices… no tengo ninguna relación extra- matrimonial con Magda… por favor, créeme.
Se quedó quieta sin quitarme la mirada de encima. No supe adivinar qué le pasaba por la mente hasta que de pronto, como a cámara lenta, la vi girarse y coger el jarrón de flores de encima de la mesa; tuve tiempo de apartarme por puro reflejo cuando éste me pasó rozando la oreja izquierda, estrellándose contra el estrecho trozo de pared que quedaba junto a la ventana, detrás de mí. Luego, cayó en mil pedazos sobre el mueble auxiliar de la esquina.
-Te odio, te odio!!- se abalanzó sobre mí y no tuve tiempo de parar la primera bofetada que me dio de lleno. A continuación, intentó pegarme de nuevo pero esta vez sí que puede detenerle la mano.
-Laura, mi vida, cálmate… cálmate… no pasa nada, ya está- ella luchaba por deshacerse de mí.
-Déjame!!- se retiró con un largo paso hacia atrás; tenía las mejillas llenas de lágrimas negras que resbalaban robándole el rimel de las pestañas.
Corrió hacia la puerta del salón y desapareció, escaleras arriba; escuché sus acelerados pasos hasta nuestra habitación y después, un portazo seco. Allí me quedé con la cara que me palpitaba por el manotazo y sin saber qué pensar. Me hervía el cerebro: notaba que me temblaban las piernas y el corazón me latía al menos a 130 pulsaciones por minuto.
dilluns, 4 d’abril del 2011
DIARIO DE UN HOMBRE MALTRATADO
Abrí las puertas con el mando a distancia y se apresuró a entrar. Se acomodó en el asiento forrado de piel color crudo de nuestro Mercedes CLK AMG. Estaba nerviosa, por la manera en que se revolvía, arreglándose su elegante falda gris que, levantada, dejaba al descubierto sus estilizadas piernas vestidas en unas medias de seda, negras. Tiene tan buen gusto para escoger su vestuario... es elegante por naturaleza, así que cualquier prenda le sienta como un guante pero además ella sabe seleccionar su ropa y combinar los colores de un modo harmonioso.
Me senté a su lado y mientras ponía la llave en el contacto, alcé mis ojos grises hacia los suyos azules sabiendo que, tarde o temprano tendría que suceder.
Pregunté qué le pasaba:
-Nada, Jorge. No pasa nada- su voz era fría y cortante. Dejó de tocarse la falda y miró hacia delante, sin fijar la vista en nada concreto. Adoptó una postura de indignación, propia de una niña enfadada que sólo en aquel momento podría haber resultado graciosa.
-Cariño… ¿he hecho algo que te ha disgustado?- me acerqué a ella lentamente e hice el gesto de acariciarla pero lo repudió como solía hacer a menudo.
-No… tú nunca haces nada para molestarme, ya lo sabes… todo está en mi cabeza.
-¿Por qué dices éso? Lo pregunto de veras… si me he comportado mal o he dicho algo que no te ha gustado, quiero saberlo- agitaba la cabeza de un lado hacia otro, negando lentamente y se dibujaba una leve sonrisa en sus labios; una mueca malhumorada y de burla.
-Dime una cosa… ¿Magda y tú os entendéis muy bien, no es cierto? ¿Tenéis muchas cosas en común?- la pregunta me sorprendió sobremanera; realmente no esperaba que el motivo de su enfado tomara el camino de los celos. Casi se me escapó una risa que, por suerte, pude reprimir.
-¿Qué?.
No respondió… la miré durante unos segundos pero no pareció dispuesta a mantener ningún tipo de conversación. La verdad es que lo agradecí pero mientras arrancaba el coche, subía la rampa hacia la calle y ponía rumbo a Matadepera, divagué en mis pensamientos y me pregunté qué imagen debía de haber dado frente a Magda como para que Laura se planteara semejante idea.
Todo el trayecto lo hicimos en callado silencio; de vez en cuando le echaba un vistazo y la veía algo taciturna con el rostro sobre su mano derecha, apoyado el brazo en el de la puerta, observando por la ventanilla las luces anaranjadas y huidizas de los pueblos dormidos que dejábamos a nuestro paso por la autopista. Sus inmensos ojos claros miraban ensoñadores hacia fuera y yo deseaba hacer el amor con ella y, tonto de mí, esperaba que al llegar a casa nos desnudáramos y apagáramos y fundiéramos nuestro tremendo pasado como si nunca hubiera existido: tan sólo lo mejor de éste. Lógicamente no iba a ser de ese modo.
Llegamos a la vivienda: ella abrió la puerta del coche y se apeó de manera ágil; mientras yo guardaba el Mercedes, Laura se apresuró a entrar en el domicilio. No esperó a que aparcara el vehículo; tenemos un gran garaje con espacio suficiente para tres o cuatro coches; a veces me da por pensar que dentro de cuatro días se reducirá cuando Julia tenga su propio auto. Esa noche me cruzó la mente tal idea y di gracias a que mi hija no estuviera allí para presenciar otra más de las reyertas de sus padres. Entonces, sólo tenía diez años. Había ido a dormir a casa de Marta; su mejor amiga.
Entré en casa por la puerta interior, directamente. Cuando pasé al comedor, la vi junto al enorme ventanal que descubría nuestro formidable jardín y recorrí con la mirada la olivera que quedaba justo delante del ángulo en el que me encontraba, iluminada por el foco verde que situamos bajo ella para destacarla de las demás por ser la más grande de las cinco que tenemos y también la más antigua.
Ella estaba sentada en la butaca de orejas, girada hacia fuera y agarraba con la mano un vaso de wisky, lo cual me desagradó absolutamente porque era una señal inequívoca de su enojo. No acostumbra a beber, salvo durante los festejos con amigos, en las ocasiones especiales o bien cuando su cabeza empieza a arremolinar algún tipo de incomprensible pensamiento para mí… Aquella noche ya había tomado varias copas de vino y de cava, así que tenía rebasado el cupo, de sobras. Me acerqué con paso lento y me situé junto a la chimenea que caía a su izquierda; me sentía alterado y sólo deseaba dejarla allí, subir las escaleras a toda prisa hasta el dormitorio, sacarme la ropa, tirarme en la cama y descansar hasta la mañana siguiente. En cambio, me quedé junto a ella como un auténtico gilipollas. Una vez más, no sabía qué decirle; me sentía como un perro a los pies de su dueña, esperando ser recriminado y castigado por una fechoría.
-¿Tienes frío? ¿Quieres que encienda el fuego?- la verdad es que la pregunta sonó totalmente absurda; nos encontrábamos a mediados de octubre pero el frío todavía no había decidido mostrarse: casi podíamos vestir con simples mangas de camisa. Laura no se giró hacia mí y simplemente respondió un sórdido “no” y dio un pequeño sorbo dejando marcados en el vaso, sus labios color carmesí.
Miré con cautela alrededor, repasando el salón como si me fuera anónimo y quisiera inspeccionarlo a escondidas de los propietarios. Me siento orgulloso de mis posesiones; puede que nuestro matrimonio resulte una farsa muy bien llevada y desconocida a vistas del exterior: la pareja feliz y compenetrada al cien por cien; pero por lo menos debo reconocer que tenemos excelente gusto y talento suficiente para ganarnos a pulso el lujo que nos envuelve.
Observé la mesa de estilo colonial a un lado del comedor con su tapiz blanco y el jarrón de flores siempre frescas encima de ésta que Sonia, la chica que nos hace las tareas domésticas, se encarga de renovar cada tres días. Al lado de la puerta, el gran mueble fabricado en madera de Mindi: con su vitrina, en la que asoma la vajilla de porcelana que nos regalaron mis suegros para la boda; al otro extremo del módulo, el casillero en el que Laura ha ido colocando algunas de las piezas y figuras que a lo largo de todos estos años hemos coleccionado de nuestros viajes a la India, Turquía, Costa Rica, Nicaragua, Argentina o Canadá y a distintas ciudades de Europa: escapadas que hemos hecho en compañía durante nuestras vacaciones de Semana Santa, verano o Navidades.
Sobre el armario, una estantería de cristal en la que reposan algunos retratos de Julia en distintas etapas de su niñez: perpetuamente preciosa con su inocente sonrisa y los enormes ojos de Laura en su rostro.
Me senté a su lado y mientras ponía la llave en el contacto, alcé mis ojos grises hacia los suyos azules sabiendo que, tarde o temprano tendría que suceder.
Pregunté qué le pasaba:
-Nada, Jorge. No pasa nada- su voz era fría y cortante. Dejó de tocarse la falda y miró hacia delante, sin fijar la vista en nada concreto. Adoptó una postura de indignación, propia de una niña enfadada que sólo en aquel momento podría haber resultado graciosa.
-Cariño… ¿he hecho algo que te ha disgustado?- me acerqué a ella lentamente e hice el gesto de acariciarla pero lo repudió como solía hacer a menudo.
-No… tú nunca haces nada para molestarme, ya lo sabes… todo está en mi cabeza.
-¿Por qué dices éso? Lo pregunto de veras… si me he comportado mal o he dicho algo que no te ha gustado, quiero saberlo- agitaba la cabeza de un lado hacia otro, negando lentamente y se dibujaba una leve sonrisa en sus labios; una mueca malhumorada y de burla.
-Dime una cosa… ¿Magda y tú os entendéis muy bien, no es cierto? ¿Tenéis muchas cosas en común?- la pregunta me sorprendió sobremanera; realmente no esperaba que el motivo de su enfado tomara el camino de los celos. Casi se me escapó una risa que, por suerte, pude reprimir.
-¿Qué?.
No respondió… la miré durante unos segundos pero no pareció dispuesta a mantener ningún tipo de conversación. La verdad es que lo agradecí pero mientras arrancaba el coche, subía la rampa hacia la calle y ponía rumbo a Matadepera, divagué en mis pensamientos y me pregunté qué imagen debía de haber dado frente a Magda como para que Laura se planteara semejante idea.
Todo el trayecto lo hicimos en callado silencio; de vez en cuando le echaba un vistazo y la veía algo taciturna con el rostro sobre su mano derecha, apoyado el brazo en el de la puerta, observando por la ventanilla las luces anaranjadas y huidizas de los pueblos dormidos que dejábamos a nuestro paso por la autopista. Sus inmensos ojos claros miraban ensoñadores hacia fuera y yo deseaba hacer el amor con ella y, tonto de mí, esperaba que al llegar a casa nos desnudáramos y apagáramos y fundiéramos nuestro tremendo pasado como si nunca hubiera existido: tan sólo lo mejor de éste. Lógicamente no iba a ser de ese modo.
Llegamos a la vivienda: ella abrió la puerta del coche y se apeó de manera ágil; mientras yo guardaba el Mercedes, Laura se apresuró a entrar en el domicilio. No esperó a que aparcara el vehículo; tenemos un gran garaje con espacio suficiente para tres o cuatro coches; a veces me da por pensar que dentro de cuatro días se reducirá cuando Julia tenga su propio auto. Esa noche me cruzó la mente tal idea y di gracias a que mi hija no estuviera allí para presenciar otra más de las reyertas de sus padres. Entonces, sólo tenía diez años. Había ido a dormir a casa de Marta; su mejor amiga.
Entré en casa por la puerta interior, directamente. Cuando pasé al comedor, la vi junto al enorme ventanal que descubría nuestro formidable jardín y recorrí con la mirada la olivera que quedaba justo delante del ángulo en el que me encontraba, iluminada por el foco verde que situamos bajo ella para destacarla de las demás por ser la más grande de las cinco que tenemos y también la más antigua.
Ella estaba sentada en la butaca de orejas, girada hacia fuera y agarraba con la mano un vaso de wisky, lo cual me desagradó absolutamente porque era una señal inequívoca de su enojo. No acostumbra a beber, salvo durante los festejos con amigos, en las ocasiones especiales o bien cuando su cabeza empieza a arremolinar algún tipo de incomprensible pensamiento para mí… Aquella noche ya había tomado varias copas de vino y de cava, así que tenía rebasado el cupo, de sobras. Me acerqué con paso lento y me situé junto a la chimenea que caía a su izquierda; me sentía alterado y sólo deseaba dejarla allí, subir las escaleras a toda prisa hasta el dormitorio, sacarme la ropa, tirarme en la cama y descansar hasta la mañana siguiente. En cambio, me quedé junto a ella como un auténtico gilipollas. Una vez más, no sabía qué decirle; me sentía como un perro a los pies de su dueña, esperando ser recriminado y castigado por una fechoría.
-¿Tienes frío? ¿Quieres que encienda el fuego?- la verdad es que la pregunta sonó totalmente absurda; nos encontrábamos a mediados de octubre pero el frío todavía no había decidido mostrarse: casi podíamos vestir con simples mangas de camisa. Laura no se giró hacia mí y simplemente respondió un sórdido “no” y dio un pequeño sorbo dejando marcados en el vaso, sus labios color carmesí.
Miré con cautela alrededor, repasando el salón como si me fuera anónimo y quisiera inspeccionarlo a escondidas de los propietarios. Me siento orgulloso de mis posesiones; puede que nuestro matrimonio resulte una farsa muy bien llevada y desconocida a vistas del exterior: la pareja feliz y compenetrada al cien por cien; pero por lo menos debo reconocer que tenemos excelente gusto y talento suficiente para ganarnos a pulso el lujo que nos envuelve.
Observé la mesa de estilo colonial a un lado del comedor con su tapiz blanco y el jarrón de flores siempre frescas encima de ésta que Sonia, la chica que nos hace las tareas domésticas, se encarga de renovar cada tres días. Al lado de la puerta, el gran mueble fabricado en madera de Mindi: con su vitrina, en la que asoma la vajilla de porcelana que nos regalaron mis suegros para la boda; al otro extremo del módulo, el casillero en el que Laura ha ido colocando algunas de las piezas y figuras que a lo largo de todos estos años hemos coleccionado de nuestros viajes a la India, Turquía, Costa Rica, Nicaragua, Argentina o Canadá y a distintas ciudades de Europa: escapadas que hemos hecho en compañía durante nuestras vacaciones de Semana Santa, verano o Navidades.
Sobre el armario, una estantería de cristal en la que reposan algunos retratos de Julia en distintas etapas de su niñez: perpetuamente preciosa con su inocente sonrisa y los enormes ojos de Laura en su rostro.
Subscriure's a:
Missatges (Atom)
